
La paradoja de una sociedad hiperconectada

Hasta que alguien le explicaría que no están locos, sino que llevan auriculares. Que hablan por teléfono con otra persona o mantienen un diálogo con alguna inteligencia artificial a la que le consultan dónde queda el restaurante temático más cercano, buscan un dato estadístico o preguntan qué suplemento deberían comprar para tener más energía.
Probablemente, todo le parecería una película futurista de las que vio en su época. También habría que contarle sobre Netflix, Instagram, TikTok, YouTube, WhatsApp y tantas otras plataformas que hoy están al alcance de la mano en teléfonos móviles capaces de hacer, en segundos, cosas que décadas atrás parecían ciencia ficción.
Según distintos estudios internacionales, los seres humanos pasan entre seis y nueve horas diarias frente a pantallas y las redes sociales se han convertido en una de las principales fuentes de información, entretenimiento e influencia.
Mientras tanto, el tiempo dedicado a las conversaciones familiares profundas continúa disminuyendo. La humanidad logró comunicarse más que nunca y escucharse cada vez menos. La paradoja es fascinante y preocupante a la vez. Hacemos videollamadas con cualquier lugar del planeta, pero a veces nos cuesta mantener contacto visual durante una cena familiar. Tenemos acceso a millones de opiniones, pero desconocemos qué sienten nuestros hijos.

Sabemos que desayunó una influencer en Miami, pero ignoramos qué angustia atraviesa la persona que duerme en la habitación de al lado. La tecnología no destruyó la comunicación. Sin embargo, en muchos aspectos la reemplazó por algo más cómodo: la simulación de la comunicación. Porque no es lo mismo intercambiar información que construir un vínculo. No es lo mismo reaccionar con un emoji que demostrar una emoción. No es lo mismo enviar un corazón que estar cerca para abrazar.
Otro de los temas que habría que explicarle a nuestro visitante es el cambio en las relaciones vinculares. Muchos hijos consultan menos con sus padres, abuelos o docentes. En cambio, les creen a influencers con miles de seguidores que jamás conocieron personalmente. La autoridad ya no depende exclusivamente del conocimiento. Muchas veces depende del alcance en redes sociales. La experiencia fue desplazada por la viralidad.
Los padres pueden pasar años educando a un hijo y perder una discusión frente a un video de treinta segundos que empieza con una frase irresistible: “Te voy a contar algo que nadie se anima a decirte”. Quizás la generación de padres más informada de la historia también sea una de las más inseguras.
Nunca hubo tanto acceso a especialistas, libros, cursos, podcasts y contenidos sobre crianza. Sin embargo, esa abundancia de información no siempre genera confianza. A veces produce el efecto contrario: padres que dudan de cada decisión, negocian límites que deberían sostener y sienten que toda regla debe ser permanentemente justificada.

Silvina Zecler (MN. 46424) psicóloga, especialista en psicoanálisis adolescentes y adultos
Las consecuencias están a la vista. Hay chicos que toleran perfectamente que un videojuego los elimine veinte veces seguidas, pero no soportan escuchar un “no”. Adolescentes que saben editar videos con calidad profesional, pero no pueden sostener cinco minutos de aburrimiento. Jóvenes con miles de seguidores que se sienten profundamente solos. El problema no es la tecnología. Somos los seres humanos quienes estamos tercerizando funciones que antes ejercitábamos de manera natural y cotidiana. La paciencia.La atención. La espera. La tolerancia a la frustración. La capacidad de estar presentes.
Lo que padecemos no es una falta de conexión, sino una sobredosis de conexión. El viajero de los años 80 seguramente regresaría a su época con una conclusión desconcertante. Diría que el futuro es extraordinario, que las máquinas son brillantes y que los avances tecnológicos son asombrosos.
Pero también advertiría algo inesperado: en la era de la hipercomunicación escasean bienes cada vez más valiosos como la empatía, la intimidad y la profundidad de los vínculos. No propongo apagar los teléfonos. Ni volver a la máquina de escribir. Tampoco demonizar la inteligencia artificial.
Propongo algo mucho más revolucionario. La próxima vez que estemos frente a alguien, miremos a los ojos, escuchemos con atención y dejemos el teléfono unos minutos a un lado. Probemos la comida antes de fotografiarla.
Porque quienes sepan combinar inteligentemente la inteligencia humana con la artificial entenderán que el tiempo compartido, la atención genuina y el amor siguen siendo bienes fundamentales. Y que, en realidad, el futuro ya llegó.


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