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title: "Soñar y jugar con las letras"
article_type: "Article"
description: "Manuel Bernabé Mujica Lainez fue un escritor, crítico de arte y periodista argentino. Era conocido en el ambiente literario porteño con el sobrenombre \"Manucho\""
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date_published: "2025-06-29T11:58:00-03:00"
date_modified: "2025-07-01T02:42:11-03:00"
author_name: "Valeria Elías"
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author_bio: "Periodista, comunicadora social, escritora."
category_name: "Literatura"
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# Soñar y jugar con las letras

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La prosa de Mujica Láinez se considera "fluida y culta, de sabor algo arcaico, detallista y preciosista; rehúye la palabra demasiado común, sin buscar sin embargo la desconocida para el lector". Es en especial hábil en reconstruir ambientes, gracias a un dotado talento descriptivo y una gran formación como crítico de arte, aparte de su rica inventiva y su exquisitez literaria, enriquecida por los conocimientos de historia legados a través de sus antepasados. El autor, seducido por las doctrinas esotéricas, creía con firmeza en la reencarnación y declaró escribir "para huir del tiempo". Ese es el tema de la mayor parte de sus obras.

![images](/download/multimedia.miniatura.b76cc9d03641f0ed.bWluaWF0dXJhLndlYnA%3D.webp)

**Su trabajo**

*El hombrecito del azulejo (fragmento)*

(...)La Muerte sigue esperando sobre el aljibe,  
entre las sombras de las macetas y las hojas de la enredadera.  
Mira el reloj que le cuelga del cuello  
y espera la hora para llevarse a Daniel.  
Está aburrida y vuelve a bostezar.  
Entonces ve que el hombrecito está parado a su lado,  
se saca el gorro, la saluda con una reverencia  
y le habla en francés:  
—Madame la Mort…  
A la Muerte le gusta que le hablen en francés.  
Se olvida de que está en Buenos Aires,  
en el patio de una casa modesta8 .  
Se olvida de que en las calles hay carros tirados por caballos  
y vendedores de empanadas.

Cuando escucha que le hablan en francés  
se siente importante,  
como la Muerte de un rey o de una reina.  
El hombrecito le repite:  
—Madame la Mort…  
Ella se inclina, lo alza y lo pone a su lado sobre el aljibe.  
—¡Al fin pasa algo distinto! —dice la Muerte.  
Ella está acostumbrada a que le tengan miedo,  
los que pueden verla.  
Los gatos, los perros y los ratones  
se vuelven locos y escapan cuando aparece.  
Y los personajes pintados en los cuadros  
y las estatuas del jardín se quedan mudos.  
Pero esta vez es diferente porque el hombrecito le sonríe  
y se ofrece a divertirla.  
Entonces, le cuenta su historia, de cuando nació en Francia  
y de cómo llegó a Buenos Aires por error.

Le cuenta de la gente que pasa por el zaguán;  
la criada enamorada del carnicero;  
el mendigo9 que guarda una moneda de oro en la media;  
el farmacéutico que inventó un remedio  
para la caída del pelo y perdió el suyo cuando lo probó;  
del jefe de tranvías que acompaña a una señora hasta su casa,  
como un caballero, y después se va tocando la corneta.  
Mientras habla, el hombrecito da unos saltitos graciosos  
y la Muerte ríe.  
Todavía falta un rato para que se lleve a Daniel.  
Así que Martinito se alisa la barba  
y sigue contando historias con palabras en francés.  
Y habla y habla, y no se queda quieto ni un segundo.  
Cuenta historias de otras muertes, y de batallas,  
de generales y soldados.  
Y en el medio de un episodio terrible,  
cuenta un chiste que hace reír otra vez a la Muerte.  
—En plus… —continua el hombrecito del azulejo en francés.

Pero ella lanza un grito tan fuerte  
que se escucha en toda la ciudad  
y muchos se persignan10  
.  
Acaba de mirar su reloj y ha comprobado  
que la hora para llevar a Daniel ya pasó.  
De un salto, se pone de pie en mitad del patio y se desespera.  
—¡Nunca me había pasado esto! —grita.  
Y corre enfurecida hacia Martinito,  
que consigue bajar del aljibe  
y escapar como un escarabajo.  
Pero ella lo persigue y lo alcanza antes de llegar al zócalo.  
—Daniel se ha salvado, pero tú morirás por él —le dice.  
La Muerte se saca el guante de su mano derecha  
y pasa su dedo huesudo sobre el pequeño azulejo  
hasta que lo quiebra en dos pedazos que caen al suelo.  
Entonces los recoge y los tira en el pozo de agua. (...)

**Manuel Mujica Lainez**

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