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title: "Palo y hueso"
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description: "Juan José Saer fue un escritor argentino, considerado uno de los más importantes de la literatura argentina, la latinoamericana y la escrita en español del siglo XX.​​​ Su obra está compuesta de doce novelas, cinco libros de cuentos, cuatro de ensayos y un poemario, además de cuatro volúmenes de textos inéditos."
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date_published: "2025-10-12T10:30:00-03:00"
date_modified: "2025-10-12T11:55:40-03:00"
tags:
  - "Literatura, poesía, cultura, amigos, lectura, soci"
author_name: "Valeria Elías"
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author_bio: "Periodista, comunicadora social, escritora."
category_name: "Literatura"
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# Palo y hueso

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Ignorado durante gran parte de su vida creadora, con un programa narrativo riguroso y solitario que lo hizo escribir de espaldas a fenómenos editoriales como el boom latinoamericano (al que desdeñó), la obra de Saer ha obtenido, a partir de los años ochenta sobre todo, el reconocimiento de la crítica especializada, tanto en Argentina como en Europa.

Es considerado no sólo uno de los escritores argentinos más importantes, sino incluso uno de los mejores narradores de los últimos tiempos en cualquier lengua.

**Su obra**

*Palo y hueso (fragmento)*

Echado en el catre (era de noche), Domingo oía la voz incesante del viejo Arce aproximándose al rancho. Estaba en la penumbra. Acababa de anochecer. A unos cincuenta metros de allí el agua del San Javier venía a morir en la costa, al parecer con un murmullo rítmico y largo.

Por la voz, Domingo supo que el viejo había estado tomando en el hotel y ahora venía con alguien, ya que hablaba sin cesar explicándole alguna cosa a la otra persona que parecía seguirlo en silencio. También por las vacilaciones y los cambios de voz, Domingo adivinaba con exactitud en qué punto cercano a la casa se hallaba su padre, si tropezaba o se tambaleaba, o si se volvía para mirar a la otra persona, imaginando la encogida figura del viejo Arce, con el sombrero de paja, los pantalones y la camisa rotosos, descoloridos y sucios, caminando delante de su silencioso acompañante. No entendía las palabras; oía solo la voz rápida, exasperada y chillona, dificultosa a veces y entonces Domingo pensaba viendo «ahora salta el zanjón», «ahora cruza el alambrado», «ahora se ríe de lo que acaba de decir y mira al de atrás por un momento»; echado en el camastro, en la penumbra del cuarto en el que se colaba por el ventanuco rectangular abierto sobre la pared de adobe un complicado motivo blanco y negro que la claridad ultralunar proyectaba a través de la fronda de los árboles que iba a reproducirse inmóvil, como dibujado, como una muestra de tejido arcaico con un marco oblongo expuesto sobre la cortina negra de un museo, un poco más allá del camastro, sobre el piso.

Había estado trabajando en la arrocera hasta las seis, regresando y echándose en su camastro permaneciendo despierto y pensando hasta entonces, y eran como las nueve. Domingo se quedaba distraído muchas veces, donde estuviera, sin que nadie pudiese saber en qué pensaba. Él sí. Él estaba al tanto de que pensaba en la ciudad, en tomar el gran ómnibus amarillo y rojo de las seis de la mañana frente al hotel y viajar de una vez por todas a la ciudad para instalarse allí con un trabajo fijo y cambiar de vida.

Comenzó a oír los pasos: las descoloridas y rotas alpargatas del viejo Arce resonando opacamente sobre el sendero de arena, o quebrando la maleza polvorienta que crecía en las inmediaciones del rancho. Después llegaron y el viejo dejó de hablar. Domingo oyó los golpes de las alpargatas contra el piso de tierra frente a la puerta del rancho y la voz de su padre, próxima y nítida por un momento.

—Perá —dijo la voz a la persona que lo acompañaba.

![spenser-sembrat-mAFO9EvtUYc-unsplash](/download/multimedia.normal.99fe9f06826d4dfd.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

«Es algún pielero», pensó Domingo, «o a lo mejor es Cándido Rolón; han estado tomando en el hotel», pensó. Se incorporó sobre la cama, sosteniéndose por los codos, en el mismo momento en que la silueta de su padre, de pequeña y oscilante figura, apareció en la puerta, resaltando sobre la grisácea claridad lunar del exterior.

—Domingo —dijo el viejo.  
—Acá estoy —respondió él.  
—Bueno —dijo el viejo desde la puerta, con voz ensimismada, habiendo confirmado la presencia de Domingo; y mientras se volvía al exterior:  
—Prendé el farol —dijo.  
—Perá que prenda —oyó Domingo que el viejo decía a la otra persona; y él se palpó el bolsillo de la camisa, sacó la caja de fósforos y fue a descolgar el farol que pendía del travesaño. Lo trajo consigo hasta la mesa, encendiéndolo; primero se trató de una llamita tenue, más intensa en seguida; después volvió a mermar un poco echando un humo negro pringoso y por último se convirtió en una incandescente lengua blanca de luz inmóvil, que expandía una exigua claridad de un tinte ligeramente verdoso.

El viejo entró sin esperar que él lo llamara, apenas la luz estuvo encendida.

—Pasá Rosa —dijo volviéndose para hablar a la persona que lo acompañaba—. Es la Rosita del Cándido. Es mujer mía ahora —dijo el viejo.

El viejo Arce estaba tomado. Él lo supo apenas escuchó su voz, pero ahora con el sombrero echado hacia atrás dejando ver sobre la frente un mechón de pelo entrecano y como húmedo, viéndole los ojos, chicos y brillantes e inmóviles, como pintados y laqueados sobre su exigua cara color tierra, la certidumbre de Domingo se fortificaba. Cuando tomaba, el viejo Arce se ponía desconfiado y miedoso. No miraba a nadie. A veces le daban accesos de furia y se la agarraba con Domingo.

Rosa emergió en la habitación saliendo de detrás del viejo, como colándose sin que él la viera.

**Juan José Saer**

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