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title: "Dilemas existenciales"
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description: "Hugo A. Albrecht, nací en Rafaela en 1959. Trabajé como docente y hoy estoy jubilado."
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date_published: "2026-05-31T10:30:00-03:00"
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tags:
  - "Cultura, literatura, poesía, lectura, amigos"
author_name: "Valeria Elías"
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author_bio: "Periodista, comunicadora social, escritora."
category_name: "Literatura"
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# Dilemas existenciales

Me gusta mucho leer y trato de escribir , generalmente sobre cosas que me pasaron, pasan o me contaron. Cuando escribo lo hago tratando de expresar algo que motive una reflexión.

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**Su escrito**

*La Teresa y su problema celestial*

La cocina mostraba la calma propia de la siesta, solo el ronroneo acompasado del lavarropas en el patio interrumpía el silencio. Mientras, Teresa, sola, planchaba envuelta en una nube de vapor y olor a apresto. La plancha iba y venía sobre el cuello acartonado de la camisa blanca, pero los pensamientos de Teresa estaban mucho más allá de la camisa y el lavarropas. “No ando bien” se volvió a repetir en un tono de voz que solo ella hubiese escuchado. Teresa se había casado muy joven con Juan Andrada, empleado del ferrocarril. Con él había tenido dos hijos, Martita, casada y Carlitos, soltero aún y empleado bancario. Juan, joven aún falleció en un accidente de trabajo dejándola sola y con dos hijos a cargo. Nunca había sido fácil su vida con los chicos que criar.  
Trabajó limpiando casas, de modista y haciendo tortas, pero solita salió adelante. Con los chicos ya grandes Teresa empezó a frecuentar los bailes de la tercera edad y allí conoció a Eleodoro Mandrile, viudo como ella, sin hijos y con una buena jubilación que le permitía pasar los días sin sobresaltos. Con el consentimiento de sus hijos se casaron, pero solamente por civil porque por iglesia “Solamente con Juancito” afirmaba la Teresa. Todo andaba bien hasta que un día Eleodoro enfermó gravemente y al poco tiempo murió. Nuevamente sola la Teresa ya no pensó en hombres. Las tareas de la casa, sus hijos, en especial el Carlitos, ocupaban todos sus pensamientos. Todo ello hasta hace unos días cuando una duda empezó a ponerla mal.

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Se encomendó a la virgen, prendió velas y rezó mucho pero, no andaba bien. Así que un día, después de la misa se acercó al curita nuevo y le preguntó cuando podía atenderla. “Mañana tempranito si quiere, venga” le contestó el cura. Así, al día siguiente, después de que el Carlitos se fue al banco, tendió las camas, barrió la vereda y se fue a la iglesia. “Mire padre, ya estoy grande y de salud regular y estuve pensando que, tal vez, el Señor me quiera llamar un día de estos… pero no es esto lo que me preocupa… es otra cosa la que me tiene mal. Dígame padre, ya enviudé dos veces… así que el día que me muera y vaya al cielo – daba por descontado la Teresa esto - ¿Con quién voy a estar con Juancito o con el Eleodoro? Porque yo, padre, siempre he sido mujer de un solo hombre y no voy a cambiar a esta altura de mi vida. Y si los dos fueron mis esposos van a estar esperándome”. Las explicaciones acerca de indulgencias, cielos y purgatorios, no conformaron a la Teresa. Volvió igual a como se había ido. “Este cura nuevo no sabe nada… seguro que si hubiera estado el padre Pedro me hubiese dejado mas tranquila”. Los días fueron pasando, la teresa no encontraba solución a su problema y hasta llegó a pensar en ir de una curandera. Para colmos, a quien le iba a contar su pena, si las viejas del barrio eran unas chusmas, Martita bastante problemas tiene con el vago de su marido y el Carlitos, no… él no entendería. Así que esa siesta, planchaba la teresa la camisa del Carlitos mientras rezaba un rato, otro pensaba en Juancito y el Eleodoro y otro se acordaba del lavarropas que ronroneaba en el patio.-  
- ¡Qué lío se me va a armar cuando suba y estén los dos esperándome! En los últimos años no había faltado a una sola misa de domingo, fue a la fiesta de la virgen de Guadalupe y a San Nicolás varias veces, pero nunca había escuchado algo que tenga que ver con su problema. Además, tanta buena letra con los santitos debería tenerse en cuenta. Iba y venía la plancha de Teresa, las camisas se acomodaban en los respaldos de las sillas y las sábanas se apilaban sobre la mesa. ¡Claro! Dijo casi en voz alta la Teresa y una sonrisa iluminó el rostro de la planchadora. Las oraciones y tantas misas no podían fallar y ahora se le mostraba fácil a solución a su pena: ¡El Eleodoro era viudo! Así que ya tenía quien lo espere -¡Pobre Eleodoro! Me olvidé que el estuvo casado con la Tita, que era tan buena – reflexionó Teresa – Mañana le llevo unas florcitas al cementerio a los dos. Bueno, y ahora tengo que guardar la ropa que dentro de un rato llega el Carlitos del banco y me gusta tenerle la comida lista.-

**Hugo A. Albrecht**

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