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canonical_url: "https://portalnews.ar/contenido/3399/los-patios-del-recuerdo"
title: "Los patios del recuerdo"
article_type: "Article"
description: "Raúl Horacio Drubich, nació y vive en Rafaela. Es escritor, investigador y coordinador de espacios dedicados al estudio de la experiencia humana, la espiritualidad y el autoconocimiento. Su vínculo con la escritura nació de una necesidad profunda de comprender y expresar las preguntas fundamentales de la existencia. Desde muy joven encontró en los libros un territorio de exploración y, con el tiempo, descubrió que escribir era una forma de ordenar la experiencia, dialogar con las ideas y profundizar en el conocimiento de sí mismo y de los demás. A lo largo de los años ha desarrollado una intensa actividad de lectura, investigación y reflexión, integrando intereses diversos que abarcan la historia, la psicología profunda, el simbolismo, la filosofía y los fenómenos de la conciencia. Estos campos de estudio no sólo han orientado su trabajo de investigación, sin"
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date_published: "2026-06-21T10:30:00-03:00"
date_modified: "2026-06-21T16:25:26-03:00"
tags:
  - "Cultura, literatura, poesía, lectura, amigos"
author_name: "Valeria Elías"
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author_bio: "Periodista, comunicadora social, escritora."
category_name: "Literatura"
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# Los patios del recuerdo

![WhatsApp Image 2026-06-18 at 16.20.43](/download/multimedia.normal.91bfe080efd99b41.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Como novelista, ha encontrado en la narrativa histórica un espacio privilegiado para explorar los grandes acontecimientos del pasado a través de la experiencia humana concreta. Sus obras combinan el rigor de la reconstrucción histórica con una mirada atenta a los conflictos interiores, las motivaciones profundas y los procesos de transformación de sus personajes. Más que recrear épocas, su interés radica en comprender cómo los individuos enfrentan el destino, las decisiones cruciales y la búsqueda de sentido en contextos de cambio y adversidad.

La escritura ocupa un lugar central en su vida cotidiana. Es una práctica de observación, investigación y creación, pero también una forma de conocimiento. Convencido de que toda historia expresa algo esencial de la condición humana, continúa escribiendo y desarrollando proyectos que integran literatura, historia y reflexión sobre la conciencia, en la búsqueda permanente de nuevos significados y perspectivas.

**Su obra**

*Patios de abuelas*

El jardín de mi abuela era especial. Tenía una sensación de lugar acogedor y sencillamente hermoso. Un espacio único, podría decir, que me convocaba seguido ya de adulto, porque los niños no necesitan tanto de la sombra como quien atraviesa etapas de sacrificio e incertidumbre. Allí, entonces, reinaba una paz natural. Fruto de esa alma quieta que era mi abuela, quietud que no simbolizaba lo que muchos creemos como estanco o superficial. Por el contrario, su quietud tenía una dinámica, a todas luces, vertiginosa. Porque cuando uno se acercaba a su espacio vital sentía una repentina renovación de energía personal, un sobrentender prodigioso que todo lo que ocurría o dejaba de ocurrir tenía un sentido.  
El jardín de mi abuela era una zona verde, con helechos colgantes o en masetas de piso; con malvones, azucenas y lirios. Había otras especies que no reconozco, pero que adornaban a éstas que sobresalían por su tamaño y popularidad en mi vulgar conocimiento de jardinería. Todo el verdor circunvalaba una mesa de granito redonda, adornada con cerámicas de colores, y los bancos del mismo material y decoro, haciendo juego. En esa mesa, en las mañanas de primavera o verano, mi abuela disponía del equipo de mate, destacando el prolongado uso de cada elemento que tenían décadas de labor en esa casa. En fin, solo se cambiaba lo que se rompía. Casi nada.

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Así que, dispuesto todo en ronda, ocupábamos ese manantial con la charla ligera, modesta y sin pretensiones de mi abuela, una señora cristiana sin fanatismos, mujer de lucha y trabajo ardoroso y en ese momento, una pieza principal dentro del creativo diseño de equilibrio y plomada que representaba ese mandala.   
Decía cierto pensador: “El círculo representa la totalidad del alma en todos sus aspectos, incluida la relación entre el ser humano y la naturaleza…”  
Cuando el pensamiento hace foco en la ocupación trascendente del vivir, tantas veces pierde la energía del adentro, proyectando necesidades y formas que se me ocurren imprescindibles como el estudio, el trabajo o el dinero. Sin embargo, en la paradoja brillante de estas vidas de antes, no encontramos tales cosas. Ni tales necesidades. Solo elementos recontra usados, plantas, flores y una mesa redonda. Con un escaso ingreso, paupérrimo se diría, el hombre moderno que yo era, ambicioso y presto a “progresar”, iba una y otra vez al encuentro del centro de armonías que verdes, bancos y mesa formaban allí.  
La propietaria del hechizo simplemente sonreía con discreción, dialogaba con parsimonia y disimulado aburrimiento, porque no descubría en mi relato grandes ocasiones superiores a su silencio cotidiano. Yo esto lo notaba, ciertamente, pero solo lo comprendo ahora. Recuerdo como sus ojos escudriñaban a su nieto detrás de sus gruesos anteojos, sintiendo el pulso ansioso de mi vida joven, el torbellino de compromisos, hijos y casa que lo embebía. No se inmutaba mi abuela, porque ella sabía de eso, lo sabía a ciencia cierta tras atravesar los más crudos inviernos en el campo, envueltos en trapos y con escasa comida. Me sonreía de nuevo, mientras le hablaba de inflación y todas esas pavadas.  
Podría decir algo como “Cuando el alma encuentra una dirección propia, muchas urgencias dejan de ser urgentes. La energía que antes buscaba satisfacción inmediata comienza a orientarse hacia el sentido, la creación y la totalidad”. Pero qué sabía ella de esta concepción, nada supongo, pero he aquí otra paradoja: lo que se aprende por la intuición no necesita ser “aprendido”. Es la función simbólica en esta mujer, profusamente escondida en el hombre moderno, la que domina la escena de la vida y consagra al alma a la contemplación, el orden y la energía armónica.  
Debieron pasar los años, no verla más, para entender en parte la paz de ese espíritu, su conquista silenciosa, sencilla. Su modo de vivir, la encarnación del ser profundo que nos habita, sosteniendo aun la vida corporal, pero ordenando objetos con el fin de realizar plenamente el sentido de su existencia. Plantas, flores, bancos, mesa. Nietos y un mate.

**Raúl Horacio Drubich**

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