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canonical_url: "https://portalnews.ar/contenido/3623/la-mujer-de-los-ancestros"
title: "La mujer de los ancestros"
article_type: "Article"
description: "Soledad Lezcano, es referente de la Comunidad Mocoví Shiraigó de Granadero Baigorria (Santa Fe), activista indígena y ambiental, militante social, escritora y estudiante de Derecho. Integra activamente el espacio de \"Comunidades Constituyentes Santafesinas\"  y el CCPP , desempeñándose además como educadora y alfabetizadora en contextos de encierro dentro de la organización Alfabetización Santa Fe. Su militancia, profundamente arraigada en el territorio, la memoria histórica y la identidad de los pueblos originarios, se despliega en la defensa irrestricta de los derechos indígenas, la protección de los humedales y los ecosistemas del río Paraná."
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date_published: "2026-09-13T10:30:00-03:00"
date_modified: "2026-09-08T16:55:16-03:00"
tags:
  - "Cultura, literatura, poesía, lectura, amigos"
author_name: "Valeria Elías"
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author_bio: "Periodista, comunicadora social, escritora."
category_name: "Literatura"
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# La mujer de los ancestros

Desde una concepción que reconoce a los pueblos originarios como primeros guardadores de la naturaleza, trabaja a través de la educación ambiental, el rescate de los saberes ancestrales y la gestión comunitaria, articulando la palabra y la organización colectiva como herramientas indispensables para la transformación social y la reivindicación de derechos.

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**Sus trabajo**

*Mujer de río y memoria*

Hay conocimientos que llegan como un relámpago y otros que tardan una vida entera en revelarse. Siempre supe, como quien recuerda sin saber que recuerda, que en mi sangre habitaban raíces indígenas. Crecí en un territorio donde el río modela la tierra, las islas respiran con sus crecidas y cada amanecer recuerda que la naturaleza tiene su propio tiempo. Pero hay cosas que una conoce desde niña y recién de grande aprende verdaderamente a mirar. El despertar llegó despacio, como llegan los atardeceres sobre el Paraná.

Primero fue el color naranja encendido mezclándose con el rosado del cielo, ese instante breve donde el río parece guardar fuego bajo sus escamas doradas. Después, las tardes eternas bajo la flor del ceibo, escuchando el viento moverse entre las ramas mientras esperaba ver aparecer la canoa de mi padre regresando desde el agua. A veces la veía apenas como una sombra oscura contra la luz del atardecer, y mi corazón sabía reconocerla antes que mis ojos. El río fue mi primer maestro en el arte de contemplar. Lo conocí mucho antes de comprenderlo. Lo miré crecer y transformarse desde el patio de mi padre, donde cada amanecer parecía distinto al anterior y, sin embargo, siempre traía la misma sensación de pertenencia.

Aprendí a reconocer las neblinas suaves de las primeras horas, los reflejos cambiantes de la luz sobre el agua y el despertar silencioso de las islas cuando el día comenzaba a extenderse sobre el horizonte. A veces el cielo amanecía cubierto por tonos grises y serenos; otras, el sol encendía las aguas con destellos dorados y rojizos que parecían abrazar la orilla.

También aprendí a esperar la luna. A verla surgir lentamente sobre el río, transformando el paisaje con su luz tranquila. La observé crecer, menguar y volver a nacer una y otra vez. Cada salida traía una belleza distinta. Algunas noches parecía iluminar cada rincón de las islas; otras apenas dibujaba una huella plateada sobre la corriente. Y, sin embargo, siempre estaba allí, recordándome que la vida también se compone de ciclos, de ausencias y de regresos.

Cada amanecer, cada salida de luna, cada crecida, cada bajante y cada cambio de estación fueron dejando una enseñanza. Sin saberlo, el río me estaba enseñando a mirar con atención, a escuchar los silencios y a descubrir la belleza en aquello que ocurre sin hacer ruido.

Aprendía que los cambios más profundos suelen suceder lentamente. Que la paciencia también es una forma de sabiduría. Que la naturaleza guarda secretos para quienes saben observar sin prisa.

Todavía hoy, cuando vuelvo a sus orillas, siento que una parte de mí sigue siendo aquella niña que miraba el horizonte desde el patio de su padre, esperando el amanecer, la luna o simplemente el paso del agua. Y en ese encuentro vuelvo a reconocer la misma enseñanza que el Paraná me susurra desde siempre: que contemplar también es una forma de amar, y que quien aprende a amar un río aprende también a cuidar la vida que fluye en todas las cosas.

El Paraná cambia de color como si respirara: a veces es plata suave al amanecer, a veces cobre encendido al atardecer, y otras un espejo oscuro donde la noche se reconoce a sí misma. Aprendí a observar esas transformaciones desde muy pequeña, comprendiendo que nada permanece igual y que, sin embargo, todo conserva una esencia profunda que lo atraviesa. Tal vez por eso el río siempre me habló de identidad. No como algo fijo o inmóvil, sino como una corriente donde confluyen historias, tiempos y pertenencias diversas sin dejar de ser una sola.

Entendí que la identidad mestiza no es una mitad incompleta, sino un territorio entero donde conviven muchas memorias. En mí se encuentran los caminos de un padre mocoví y de una madre italiana. Habitan las huellas de quienes llegaron desde otras tierras y también la memoria ancestral de quienes caminaron estas tierras mucho antes de que existieran fronteras o mapas.

Soy nieta de mujeres medicina, mujeres que conocían el lenguaje de las plantas, que sabían escuchar lo que la tierra tenía para enseñar y que comprendían que sanar es mucho más que aliviar una dolencia. De ellas heredé la costumbre de acudir a las plantas cuando el cuerpo, el corazón o el espíritu necesitan cuidado.

No como una práctica separada de la vida cotidiana, sino como una forma de recordar que pertenecemos a una trama más amplia, donde la salud también nace del vínculo respetuoso con la tierra, con la memoria y con quienes nos precedieron.

En cada hoja, en cada raíz y en cada aroma que asciende con el humo, siento la presencia de esas mujeres que vinieron antes. Como si sus enseñanzas siguieran viajando de generación en generación, del mismo modo en que el Paraná continúa llevando historias entre sus aguas, sin olvidar nunca de dónde viene ni hacia dónde se dirige (...)

**Soledad Lezcano**

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