
La sensación de pertenencia
Valeria Elías
Es optimista por naturaleza y un lector apasionado de libros de autoayuda. Además, es fanático de la Formula 1. Disfruta de la vida como se le presenta y espera ser la mejor persona que sus capacidades le permitan. Es un agradecido de su vida, de su familia y de sus amigos. También de Dios y a Dios por todo lo que ha recibido de la vida.
Sus escritos
(Fragmento)
A lo lejos parecía cantar el gallo. Definitivamente. Cada vez era más fuerte y claro su canto. Seguramente ya amaneció, pensó Labán, antes de abrir los ojos. Realmente había dormido muy bien, ni recordaba haber inclinado la cabeza sobre la almohada. El nuevo colchón estaba demostrando ser una excelente decisión.
Los primeros rayos de sol que entraban en la habitación la llenaban de una luz muy tenue, como de ensueños. Los suaves colores de las cortinas los teñían de su delicado púrpura, con algunas pinceladas doradas que le daban un brillo majestuoso. La brisa proveniente del mar Grande que entraba por la ventana los mecía suavemente y el efecto lumínico oscilante que generaba, exigían paulatinamente los ojos de Labán que todavía estaban adormecidos.
-Buenos días mi “señor”, dijo Rubén, mientras acomodaba la mesita del desayuno a un lado de la cama de Labán.
- ¡Hoy será un día maravilloso, “señor”! La temperatura es primaveral, y el cielo no amenaza con ninguna nube que busque desprender su carga sobre la finca. Recuerde que esta noche será un acontecimiento muy especial, continuo Rubén. Debemos apresurarnos en nuestra recorrida habitual. No todos los días se festeja el cumpleaños de un hijo y menos del hijo favorito.
Labán miró a Rubén con el ceño fruncido, mientras se incorporaba de la cama y replicó: -Ya te he pedido que no hables de preferidos. Cuando alguien te confía una infidencia, debe ser eso justamente, algo íntimo y reservado. Poco durará como tal, si en cada ocasión que tienes recuerdas en voz alta lo que has escuchado. Lo miró extrañado y continuó - ¿Qué estás haciendo acá? ¿Dónde está Ana?
-No es mi culpa que usted tenga un preferido, “señor”. No habría nada que ocultar si usted apreciara a sus dos hijos por igual, decía Rubén con una sonrisa en los labios mientras terminaba de correr las cortinas de los ventanales. -Le dije a Ana que yo te traería el desayuno, ella está empezando a organizar la cena.
Labán con un suave gesto de su mano le pidió que se callara y este enmudeció casi de inmediato, sabiendo que estaba por hablar.

-Si bien ya te lo he expuesto varias veces, y aunque no tengo porqué darte explicaciones amigo mío, volveré a exponerte en que consiste mi supuesta predilección. Mientras se servía una taza de leche de cabra recién ordeñada empezó a explicarle, como quien tiene algo que aclarar o demostrar.
-Amo a mis dos hijos por igual. Pero es el menor el que siempre me llena de preocupación. Tú lo conoces. En especial me preocupa que siguiendo un producto de su imaginación se equivoque de alguna forma que pueda poner en riesgo su vida. Si a eso puedes llamarle predilección, entonces sí, ¡Soy culpable! Es mi predilecto. Dijo Labán a Rubén con un tono cómplice.
Labán y Rubén habían entrelazado sus caminos hacía casi 40 años. Rubén había llegado a la finca como esclavo, formando parte de un lote de trabajadores, que el padre de Labán había adquirido para trabajar en las tierras. Territorio que era propiedad de su familia desde hacía más años de los que se podían contar, enclavada en las laderas de los montes bajos de la región noreste de la llanura de Sharon en Samaría.
Muchos años atrás, fiel a sus principios y convicciones, Labán hizo a Rubén el mejor regalo que alguien podría haberle hecho: la libertad. Desde ese día entre ellos, el lazo que los unía fue muy superior al que pueden unir al señor y su servidor. Desde ese día pasaron a ser amigos. Un vínculo incluso más fuerte que el de los hermanos. Parentesco que precisamente ninguno de los dos conocía por ser hijo único.
Jorge Raúl Giliberti


"Te quise, te quiero y siempre te querré" de Beatriz Torregrosa Campos





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