
Follaje de palabras
Valeria Elías
Crecí en una casa donde los libros formaban parte de la vida cotidiana. Desde muy chica descubrí el placer de la lectura a través de grandes obras de la literatura universal, y quizás por eso la escritura apareció naturalmente en mi vida. Comencé publicando artículos periodísticos vinculados con la educación, la historia regional y la vida de San Martín cuyo ejemplo de honestidad, compromiso y amor por la patria ha sido para mí una fuente permanente de inspiración. Con el tiempo, esa pasión por la escritura me llevó a realizar investigación histórica y luego, a internarme en el maravilloso territorio de la narrativa literaria, experiencia que enriquecí participando en talleres de escritura.
Actualmente soy presidenta de la Asociación Cultural Sanmartiniana de Rafaela, miembro de ERA (Escritores Rafaelinos Agrupados) y del Grupo Lee Conmigo, dedicado a promover la lectura en escuelas e instituciones de la región.

Su obra
El ambicioso plan de Griselda
Griselda no es una planta de interior cualquiera. Aunque amo a todas mis plantas, tanto las del jardín como las de la casa, ella es especial. Es con quien me desahogo cuando estoy triste, con quien celebro mis alegrías y a quien confío mis pensamientos más íntimos. Me escucha y, aunque cueste creerlo, ¡me contesta! Mientras mis otras plantas se conforman con absorber luz, liberar oxígeno y mantener el ambiente agradable, Griselda tiene vida propia… y sueños. Y aunque parezca una locura, su mayor aspiración es conquistar el mundo. Lleva años elaborando un utópico plan maestro, y yo, lejos de desalentarla, la animo hablándole de la importancia de tener proyectos, por más locos que estos sean. Mi mejor consejo es que observe a los humanos, quienes somos verdaderos expertos en hacer realidad las ideas más disparatadas. Cada vez que se lo digo, noto cómo toma nota mental y sigue creciendo estratégicamente. Por eso no la podo. No vaya a ser que le frustre el plan.
Una noche, finalmente, la invasión comenzó. Primero extendió sus enredaderas con sigilo, alcanzando el borde de la maceta. Luego, con una maniobra digna de un ninja botánico, trepó por la repisa. Estaba claro que había aprendido de nosotros que la clave del poder mundial está en la dominación territorial. Y yo, orgullosa, la acompañaba en su derrotero. Al menos una de las dos estaba logrando su sueño. Pero su avance imparable se detuvo ahí. Literalmente. Atrapada en el sexto estante, Griselda se enfrentó a su mayor desafío: la logística. Su maceta de plástico no tenía patas, sus hojas no podían abrir la claraboya, ni la ventana grande que da al patio, ni las puertas. Para colmo, tenía serios problemas de comunicación con las demás plantas. Su empatía era… digamos… limitada. El helecho del pasillo solo hablaba de humedad, la cala no le interesaba porque según ella "solo lucía en las lápidas del cementerio" (culpa mía, por cortar algunas flores para mis finados) y a la suculenta le decía que tenía el mismo carisma que un ladrillo. Con semejante actitud, nadie le ofreció apoyo en su misión.
Así es como Griselda quedó dominando la repisa con soberanía absoluta, mirando con desdén no solo al resto de las plantas, sino también a los objetos insignificantes que antes compartían el espacio con ella y que tuve que correr para que no la molestaran: un viejo reloj despertador, un candelabro que era de mi abuela, una foto de la tía Rosenda y un libro de autoayuda que nunca leí.
Pero rendirse no estaba en sus planes. Desde su trono en el sexto estante, planeaba un próximo movimiento. Quizás, si lograba manipularme lo suficiente, la trasladaría a la mesita junto a la ventana, ese altar donde están las fotos de mi querido Pulguita, el perrito que me acompañó tantos años. Lo que yo no sabía era que Griselda odiaba a Pulguita desde aquel día en que, siendo un cachorro, levantó la pata sobre una de sus hojas. Desde entonces, ella aprendió a burlarlo apuntando sus ramas al techo. Pero esta vez no tuvo suerte. Nunca quitaría las fotos de Pulguita para ponerla a ella.
Por ahora, su reino sigue siendo la repisa. Pero toda gran conquista comienza con un pequeño paso y si logra llegar a la claraboya, quizás aún tenga una oportunidad.
Laura Irene Ludueña







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