
Literatura analítica
Valeria ElíasEn sus columnas y escritos indaga la particularidad de la mente humana y sus impactos en la cotidianidad.

Su trabajo
Auto patológico
Con criterio, un doctor en letras decía que las analogías son siempre un poco sonsas, como si una pérdida de grado condenara desde el comienzo aquel esfuerzo didáctico. Aun así, cuando funcionan, las analogías permutan objetos, pero no necesariamente la lógica que los vincula. Por ejemplo, la psicopatología, es decir, aquella ciencia de la clasificación aplicada a los llamados trastornos mentales, tampoco escapa a las analogías.
Si la enfermedad supone una desviación respecto de la normalidad, entonces, ¿cómo deben comportarse las personas? A partir de sus consecuencias prácticas, esta pregunta es menos filosófica de lo que aparenta. Así, si en el aula veinticinco de treinta alumnos permanecen sentados y atentos al desarrollo de la clase, por oposición los cinco restantes tendrán más posibilidades de ser incluidos en la categoría “Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad” (TDAH).
El procedimiento es claro, de la media se obtiene la norma y de allí su desviación estadística, calificada aquí como déficit. Todo el asunto recae sobre la naturalización de una expectativa, legitimada en el hecho de que una mayoría permanece sentada. Sobre las razones por las cuales un sujeto u otro no consiente a quedarse quieto, no es lo que interesa a la gran rueda del mundo. Cada uno a lo suyo y sin excusas.
Ahora bien, ¿qué pasaría si los autos hablaran y pensaran en los mismos términos? Desde hace más de un siglo, los combustibles fósiles representan el estándar de motorización. Para desplazarse de un lugar a otro, utilizan nafta. Ya no importa si en los comienzos convivían tres sistemas diferentes (vapor, combustión y electricidad), bajo el peso de la noble tradición, cuando en el siglo XX se compraba un auto, se esperaba que fuese un buen naftero (quizá un poco de tolerancia para las variantes diésel y gasolero, siempre y cuando no aspiren a crecer más de la cuenta). No obstante, tiempo después, en las calles comienzan a circular autos impulsados por electricidad, energía solar o incluso hidrógeno, también híbridos, entre otras configuraciones posibles.
Si acaso los mecánicos se dejaran poseer por el espíritu de los grandes maestros de la psiquiatría, quienes escribieron los tratados clásicos sobre las enfermedades mentales, entonces podrían argumentar que los autos eléctricos no son muy normales. Para empezar, son demasiado silenciosos y nadie sabe dónde se esconde el escape. Más sospechoso aún, no precisan de un cambio de aceite y obtienen beneficios impositivos. En adelante, solo hay que esperar un poco para que surja la categoría de “auto patológico”. Después del diagnóstico de situación, las buenas intenciones de siempre se consagran a restituir el equilibrio supuesto del mundo, bajo todas las formas de forzamiento ya conocidas.
Hay muchas formas de ir desde el punto A al punto B. En su potencia y límite, se trata solo de diferentes modos de funcionamiento. Lo difícil es apreciar las diferencias sin introducir allí un juicio de valor. Las analogías pueden ser sonsas y también tragicómicas. Según la sensibilidad de cada uno, se decidirá cuánto de trágica y cuánto de cómica.










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