
Literatura de la literatura
Valeria ElíasSu forma de narrar está marcada por la fantasía oscura, la mitología, el simbolismo y una mirada muy centrada en los conflictos internos del ser humano. Le interesan especialmente la culpa, el sacrificio, la redención y esas zonas grises donde las decisiones pueden quebrar a una persona o empujarla a reconstruirse.
Con el tiempo también comenzó a explorar nuevas formas de contar historias y desarrolló la Narrativa Extendida Transmedia (N.E.T.), un modelo que integra literatura, música, video y otros contenidos digitales sin desplazar al libro como núcleo de la experiencia.
Para Meneghetti, escribir nunca fue solamente imaginar mundos: también es una manera de dejar algo de uno mismo entre las letras.

Su trabajo
La fantasía oscura argentina: cuando el monstruo deja de estar afuera
Frente a las fórmulas tradicionales del terror y la fantasía anglosajona, la literatura argentina contemporánea reconfigura la oscuridad: aquí lo sobrenatural no busca deslumbrar, sino interrogar nuestras decisiones, la violencia heredada y la imposibilidad de cerrar del todo el pasado.
Cuando se habla de fantasía oscura, la imaginación suele viajar hacia otros territorios. Mundos decadentes, criaturas sobrenaturales, antiguas maldiciones, dioses indiferentes, héroes condenados y universos donde la frontera entre el bien y el mal parece haberse borrado.
Es una imagen válida, pero quizá insuficiente para explicar lo que ocurre cuando esa oscuridad atraviesa la literatura argentina.
Porque aquí el monstruo no siempre está afuera.
A veces está en una decisión.
En una culpa.
En algo que hicimos cuando todavía podíamos elegir otra cosa.
O en aquello que heredamos y ya no sabemos cómo reparar.
La fantasía oscura es un territorio narrativo de fronteras deliberadamente difusas. Convive con la fantasía, el horror, lo fantástico e incluso con formas de introspección psicológica. Sin embargo, una de sus características fundamentales es que el conflicto no se limita al enfrentamiento entre un héroe y una fuerza maligna.
En la fantasía tradicional podemos encontrar una división relativamente clara entre fuerzas opuestas: existe un bien que debe defenderse, un mal que debe ser derrotado y un protagonista cuyo recorrido conduce hacia la resolución del conflicto.
La fantasía oscura desconfía de esa comodidad.
El héroe puede combatir monstruos, demonios o fuerzas sobrenaturales, pero también debe enfrentarse a una pregunta mucho más incómoda: ¿qué está dispuesto a hacer para derrotarlos?
Y, sobre todo: ¿cuánto puede acercarse al monstruo antes de convertirse en él?
Allí aparecen las zonas grises, los dilemas morales y las victorias que dejan cicatrices. Ganar no necesariamente significa salvarse. Hacer lo correcto puede producir consecuencias terribles. Y algunas decisiones continúan persiguiendo a los personajes mucho después de haber desaparecido aquello que las provocó.
Esa característica general del género adquiere una tonalidad particular cuando observamos ciertas producciones argentinas contemporáneas.
Una oscuridad con acento propio
Hablar de “fantasía oscura argentina” no significa afirmar la existencia de un movimiento organizado ni colocar arbitrariamente una etiqueta sobre escritores que jamás utilizaron ese término para describirse.
Resulta más interesante pensarla como un campo narrativo emergente: un conjunto de obras que, aun perteneciendo a tradiciones y géneros diferentes, presentan ciertas recurrencias temáticas y simbólicas.
Autores como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin o Pedro Mairal han construido universos profundamente diferentes entre sí. Sin embargo, en muchas de sus obras aparecen preocupaciones comunes: la culpa, la memoria, la responsabilidad individual, la violencia heredada, la imposibilidad de reparar completamente el pasado y una permanente ambigüedad frente a la posibilidad de redención.
No se trata, entonces, simplemente de importar el modelo anglosajón de la dark fantasy y trasladarlo a Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba o cualquier otro territorio argentino.
La diferencia no necesariamente está en qué elementos aparecen, sino en qué hacemos narrativamente con ellos.
“Un demonio puede ser un demonio en cualquier parte del mundo. Lo interesante comienza cuando nos preguntamos qué representa para nosotros.”
Del «¿es real?» al «¿qué hacemos ahora?»
Argentina posee una tradición extraordinariamente rica de literatura fantástica.
Borges y Cortázar resultan referencias inevitables. Durante décadas, una de las grandes fortalezas del fantástico rioplatense estuvo relacionada con la incertidumbre: algo imposible irrumpe en la realidad y obliga al lector a cuestionar las reglas del mundo.
¿Aquello ocurrió realmente?
¿Existe otra realidad detrás de la nuestra?
¿Dónde termina lo cotidiano y comienza lo imposible?
Pero en parte de la narrativa oscura contemporánea puede observarse un desplazamiento.
Lo sobrenatural ya no necesita justificar su existencia.
Está ahí.
La pregunta importante pasa a ser otra: ¿qué hacemos con ello?
En Nuestra parte de noche (2019), de Mariana Enríquez, la existencia de la Oscuridad no constituye el interrogante fundamental. Importan sus consecuencias: qué precio exige el poder, qué transmitimos a nuestros hijos y qué estamos dispuestos a destruir para evitar que ellos hereden aquello que nos destruyó.
En Distancia de rescate (2014), de Samanta Schweblin, nuevamente encontramos algo parecido: el centro del conflicto termina desplazándose hacia las decisiones, sus consecuencias y aquello que ya no puede revertirse.
Y ese desplazamiento cambia profundamente la naturaleza del monstruo.
“El fantástico tradicional pregunta qué es real; esta oscuridad pregunta qué hacemos con aquello que ya sabemos que puede dañarnos.”
Cuando el mal es una decisión
Uno de los elementos más interesantes de esta sensibilidad narrativa es precisamente el desplazamiento del horror desde lo externo hacia lo humano.
Por supuesto que pueden existir monstruos.
Pero el monstruo deja de ser necesariamente el problema principal.
En Distancia de rescate, por ejemplo, buena parte del horror surge de una sucesión de decisiones humanas: advertencias ignoradas, responsabilidades desplazadas y consecuencias que llegan cuando ya es demasiado tarde.
Algo similar puede encontrarse en relatos de Las cosas que perdimos en el fuego (2016). Lo perturbador no siempre proviene de aquello que amenaza desde afuera, sino también de nuestra capacidad para acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, mirar hacia otro lado o aceptar determinadas formas de violencia como parte del paisaje cotidiano.
Esta concepción tiene antecedentes mucho anteriores.
Los personajes de Roberto Arlt ya habitaban territorios de degradación donde las propias decisiones podían resultar más peligrosas que cualquier amenaza exterior. Sus criaturas no necesitaban demonios que las corrompieran: eran perfectamente capaces de caminar hacia el abismo por sus propios medios.
Quizá allí exista una de las preguntas esenciales de nuestra fantasía oscura: ¿qué sucede cuando no podemos culpar al monstruo?
La fe también puede ser una herida
Otro elemento particularmente interesante es la manera en que aparece la fe.
En buena parte de la fantasía internacional, las religiones, mitologías y entidades sobrenaturales contribuyen a construir las reglas del universo narrativo. Dioses, demonios, profecías y fuerzas cósmicas poseen jerarquías, intereses y funciones determinadas.
Pero existe otra posibilidad.
La fe puede dejar de explicar el mundo y comenzar a complicarlo.
Puede convertirse en duda, ausencia, culpa, herencia o necesidad.
Incluso cuando aparecen figuras sobrenaturales, estas no necesariamente restauran ningún orden. Por el contrario, pueden profundizar el conflicto interior de los personajes.
La pregunta deja entonces de ser «¿existe Dios?» o «¿existe el demonio?».
Puede ser algo bastante más doloroso: ¿qué hago yo ahora que sé que existe?
Porque conocer la verdad no garantiza comprenderla.
Y mucho menos soportarla.
No todas las heridas quieren cerrarse
Algo parecido ocurre con la redención.
Estamos acostumbrados a historias donde el sacrificio posee un sentido. El personaje puede morir, perder aquello que ama o pagar por sus errores, pero su sufrimiento termina restaurando cierto equilibrio.
La fantasía oscura suele desconfiar también de esa certeza.
Una persona puede arrepentirse y aun así no reparar el daño.
Puede sacrificarse y no salvar a nadie.
Puede hacer finalmente lo correcto y descubrir que llegó demasiado tarde.
En diversas narrativas argentinas, la redención aparece precisamente bajo esa forma: incompleta, dolorosa o incluso imposible.
No significa necesariamente que estas historias sean nihilistas.
Significa algo quizá más incómodo: hay cosas que no pueden deshacerse.
Podemos cambiar después de cometer un error.
Pero haber cambiado no borra automáticamente aquello que hicimos antes.
Un país que aprendió a convivir con fantasmas
Existe, además, otro elemento difícil de separar de cualquier intento de pensar una oscuridad específicamente argentina: nuestra relación con el pasado.
La violencia política, las desapariciones, Malvinas, las crisis económicas, las fracturas sociales y una memoria colectiva permanentemente discutida forman parte de nuestro imaginario.
La literatura fantástica no necesita mencionar directamente esos acontecimientos para dialogar con ellos.
Puede codificarlos.
Una organización sobrenatural capaz de disponer impunemente de los cuerpos puede recordar estructuras perfectamente humanas. Una ciudad que desaparece progresivamente puede convertirse en la imagen de una sociedad que observa cómo sus certezas se desmoronan. Un grupo de personas encerradas bajo tierra intentando sobrevivir puede decir mucho más sobre un país que un tratado político.
La fantasía permite deformar la realidad precisamente para poder observarla desde otro ángulo.
Por eso la oscuridad argentina mantiene con frecuencia un fuerte vínculo con la memoria, la violencia y la imposibilidad de clausurar definitivamente determinados acontecimientos históricos.
“Nuestros fantasmas tienen la desagradable costumbre de recordar.”
Menos épica, más cicatrices
Puede haber batallas.
Puede haber criaturas imposibles.
Puede haber fuerzas capaces de destruir el mundo.
Pero la verdadera historia quizá esté ocurriendo dentro de una sola persona.
Otra tendencia observable en estas narrativas es precisamente el predominio de la introspección sobre la espectacularidad. Incluso cuando el conflicto adquiere dimensiones enormes, el centro continúa estando en las consecuencias psicológicas y morales que experimentan los personajes.
La pregunta no es únicamente quién ganó la batalla.
Es quién regresó de ella.
Y si la persona que regresó sigue siendo la misma.
Tal vez por eso la fantasía oscura encuentra un terreno particularmente fértil en una tradición literaria argentina acostumbrada desde hace mucho tiempo a explorar personajes fracturados, identidades ambiguas y realidades que nunca terminan de acomodarse del todo.
El monstruo nunca estuvo tan lejos
Quizá todavía sea demasiado pronto para hablar de la fantasía oscura argentina como un subgénero perfectamente delimitado.
Y probablemente sea bueno que así sea.
Las categorías literarias resultan útiles cuando permiten observar fenómenos, no cuando se convierten en jaulas.
Pero existen suficientes recurrencias para formular al menos una pregunta: ¿estamos desarrollando una manera propia de contar la oscuridad?
Una donde la fantasía no funciona únicamente como evasión.
Donde lo sobrenatural permite hablar de heridas absolutamente reales.
Donde la fe puede ser una pregunta.
La redención puede fracasar.
El pasado puede negarse a permanecer enterrado.
Y donde derrotar al monstruo nunca garantiza que el héroe haya ganado.
Porque quizá una de las características más interesantes de nuestra oscuridad sea precisamente esa:
El verdadero horror comienza cuando descubrimos que el monstruo no estaba afuera.
Estaba tomando decisiones junto a nosotros.
G. R. Meneghetti








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