
Entre palabras, nombre y un gato
Valeria Elías
Ha participado en encuentros literarios regionales, nacionales e internacionales, coordinado talleres y actividades culturales, y formado parte de jurados en concursos literarios. Integró el programa radial Firma de Autor (FM 94.7), dedicado a la difusión del patrimonio cultural y literario de la región.
Su trabajo
La palabra que no existe
Nadie en el pueblo recordaba desde cuándo la palabra había desaparecido. Era común decir que “se había ido”, como si fuera un perro extraviado o un forastero que nunca se adaptó. Pero la verdad era más inquietante: una mañana simplemente no estuvo más.
Los primeros en notarlo fueron los niños. Uno de ellos, Clara, quiso nombrar a su gato. Lo miró fijo, acarició su lomo, abrió la boca… y no pudo. La palabra se deshizo antes de nacer. Ni siquiera podía pensarla. El gato siguió sin nombre y con los días también sin sombra.
Al principio creyeron que era un juego. Luego vino el miedo. La gente empezó a señalar, en vez de hablar, a rodear con descripciones lo que ya no podía decirse. Algunos decían que era una maldición, otros que era castigo por la forma en que habían olvidado a sus muertos. El cura lo atribuyó al lenguaje blasfemo de los jóvenes; el bibliotecario, en cambio, tembló en silencio. Sabía más de lo que decía.
Fue él quien encontró la primera pista, oculta en el lomo de un diccionario del siglo XIX. Una palabra tachada con tinta antigua, tan antigua que ya no se fabricaba. Solo quedaba un trazo oblicuo, como un tajo que no sangraba. En la página correspondiente, donde debía estar la definición, había un hueco. No un espacio en blanco, sino un hueco real: tridimensional, negro, profundo. Una especie de pozo entre las letras.
El bibliotecario intentó tocarlo y su dedo desapareció por un segundo. Sintió frío, ausencia y algo más: una voz que le hablaba en todas las lenguas al mismo tiempo. No entendió el mensaje, pero supo que no debía repetir lo que había sentido.
A la semana, dos palabras más desaparecieron.
Entonces el miedo se convirtió en pánico. Las oraciones comenzaron a derrumbarse. Las madres no podían nombrar a sus hijos. Los poetas rompían sus cuadernos. El carnicero dejó de vender carne porque no recordaba qué era la “colita de cuadril”, y el gobernador firmó un decreto que nadie supo leer.
Desesperados, los habitantes fueron a ver a la mujer más vieja del pueblo: Luisa, que había nacido en 1899, hablaba poco, pero aún tejía palabras con los ojos cerrados.
Luisa los escuchó. Luego pidió una hoja en blanco, cerró los ojos y escribió una sola línea: “Lo que no se nombra, no se borra”.
Les explicó que cada palabra tenía un eco secreto. Si uno la repetía lo suficiente, aunque fuera en la mente, podía rescatar su forma. Pero necesitaban a alguien que recordara lo que ya nadie recordaba.

Todos miraron a Clara, la niña del gato sin nombre.
Esa noche, Clara fue llevada al centro del pueblo. El bibliotecario le entregó el diccionario y le mostró el hueco. Le pidió que imaginara una palabra sin miedo. Una que nunca existió, pero que debía inventar ahora. Clara cerró los ojos, tocó el vacío con su dedo, y dijo:
—Zierna.
El hueco se cerró con un sonido seco, como cuando se dobla una página. Al día siguiente, todos pudieron hablar de nuevo. Nadie supo qué significaba “zierna”, pero el gato de Clara fue llamado así desde entonces. Y por primera vez en meses, tuvo sombra.
Pero no todo volvió a ser como antes.
Algunas palabras regresaron con matices distintos. El pan ya no era solo pan: tenía un dejo de infancia. El silencio adquirió texturas. El amor se volvió más difícil de decir, como si exigiera ser sentido antes de ser pronunciado.
El bibliotecario comenzó a escribir un glosario nuevo, hecho no de definiciones, sino de recuerdos. Luisa tejió mantas con frases que ya nadie usaba, y las regalaba en los cumpleaños. Clara, en cambio, dibujaba palabras que aún no existían: las colgaba en su ventana y esperaba que el viento decidiera si eran necesarias.
Desde ese día, cada vez que una palabra está a punto de desaparecer, alguien en algún lugar del mundo la sueña. A veces un niño o un anciano, a veces una madre. En los sueños, todas las palabras existen. Incluso aquellas que aún no han sido nombradas.
Porque hay palabras que no nacen del habla, sino del temblor vital con que miramos el mundo.
Sara Nadalutti





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