
"Contar las pasiones tristes"
Valeria ElíasEste autor, trabaja las problemáticas sociales desde la perspectiva de su área de estudio.

Su trabajo
Contar las pasiones tristes. Narrativas biográficas de depresión en usuarios de servicios de salud mental (fragmento)
Narrativas de infidelidad a sí mismo
Estas narrativas cristalizan una oposición entre el ser autentico o lo quiere hacer el protagonista y el cumplimiento de demandas y exigencias externas. Así, más que el cansancio que deviene de las dificultades de autorrealización, estos testimonios manifiestan que la depresión es producto de no poder perseguir sus propios deseos por cumplir las expectativas ajenas. Un conjunto de constricciones sociales de distinta índole impiden que aflore el verdadero o autentico ser. Como en el anterior estilo de narrativas, dentro de esta encontramos una diversidad de relatos que, de distintas formas, expresan la idea de infidelidad consigo mismo. Los testimonios apuntan a la necesidad de comprometerse con su subjetividad, denuncian un falso yo que surge para hacer frente a las solicitudes de los demás (Ridge, 2018).
Uno de los relatos biográficos que ilustran este modo de explicar el origen de la depresión es el que elabora Graciela. En su testimonio cuenta acerca de episodios depresivos cuando era joven, asociados a los “problemas de la casa” y depresiones calificadas por ella, a partir del uso de términos provenientes del ámbito médico, de “postparto”. No obstante, en la actualidad vincula su padecimiento a que uno de sus hijos tiene “problemas con la droga” y las dificultades de la reproducción de la vida cotidiana que le insume demasiado tiempo impiden dedicarse a “hacer lo que le gusta”:
Las angustias comenzaron con una tristeza y esas ganas de llorar, llorar y llorar. O sea, cuando quedaba sola, porque la casa siempre está llena. Yo me quedaba cocinando y me encontraba llorando. Porque no se dan las cosas como uno quiere a veces, uno quiere a veces tener tiempo para uno y no tener todos los días la misma rutina. No tenés un tiempo, yo digo después voy a hacerlo, pero no. No se da ese después. Y eso que no se da ese después te produce una angustia […]. Entonces vos te das cuenta que nunca tengo tiempo para hacer lo que quiero. Entonces empiezo a angustiarme, porque una se empieza a dar cuenta. Una empieza a otra vez a pensar a la tarde lo voy a hacer, no a la tarde hay otra cosa para hacer. Entonces uno se va angustiando, se va angustiando. Todos los días ves que no tenés el tiempo. Entonces vos todos los días te estás generando más angustia. Entonces empiezo a decir, cómo puede ser que a mi edad yo no pueda hacer lo que necesito hacer, lo que quiero hacer, por qué no tengo un tiempo para mí. (Graciela, 63 años)
En este fragmento de la narrativa, Graciela señala que no tiene tiempo para ella. Siempre pospone lo que le gusta hacer por realizar los deberes de la casa. Esta cotidiana acumulación de frustraciones produce angustia. El tiempo de la gratificación, de hacer lo que a ella quiere “nunca llega”. Las reproducciones de la vida doméstica impiden que tenga un tiempo para ella. En otros momentos de la entrevista cuenta que desde hace tiempo organiza cantar con su nieta, pero siempre tiene que suspender porque otras tareas, del orden de la obligación que asume en la dinámica familiar, son prioritarias. El relato gira entre la tensión del deber –el rol de ama de casa– y su deseo –vinculada actividades que le producen placer–. Siempre tiene que hacer cosas que no le gustan, cocinar, lavar, planchar y nadie la ayuda. Graciela sabe lo que le gusta hacer, pero las obligaciones cotidianas contraídas hace tiempo impiden poder realizar esas actividades.
En la misma línea que el testimonio anterior, Cecilia ubica sus malestares en el entorno familiar. Los padecimientos de depresión y la asistencia a psicológicos y psiquiatras comenzaron en su niñez. Durante la entrevista, en varias oportunidades cuenta sobre la posición ocupada en la familia:
Tiene que ver mucho con el entorno familiar. Aunque yo me he ido muy chica de cerca de mis padres. Pero tenía un lugar inamovible, como te dije. Y el lugar era inamovible, porque si yo me cambiaba de lugar, molestaba a mi familia. Les deja- ba algo… y nunca pude hacerlo por fidelidad, digamos. Por fidelidad a ellos. […] Cómo decirlo. Fidelidad, sí. Fidelidad es la palabra correcta. Cumplir el mandato dictado. […] Mi madre lo que le pasaba era que era muy alarmista, entonces cualquier pequeña cosa era una catástrofe. O sea, fue una catástrofe. Todo era una catástrofe, y en realidad lo que sentía que tenía que hacer era sentirme bien para ellos. Para que ellos no estén mal, mostrar que estaba bien, para ellos, para mi familia. (Cecilia, 48 años)
A diferencia de Graciela que describe las angustias que le provocan la reproducción familiar y la incapacidad de hacer lo que le gusta en el presente, el relato de Cecilia está centrado en la posición ocupada en el pasado. En este aparece la palabra “fidelidad”, entendida como el cumplimiento del “mandato dictado” por la familia. Esto la conduce a perpetuar un lugar asociado a la enfermedad en el que paradójicamente tiene la obligación de sentirse bien, mostrarse bien para su entorno. Porque, implícitamente, estar mal hace mal a quienes la rodean. De este modo, “el deseo se convierte en deber: ese deseo de que otras personas sean felices puede ser aquello mismo que las obligue a ser felices para nosotros” (Ahmed, 2019:199).
Esteban Grippaldi








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