
La mujer detrás de escena
Valeria Elías
Llegado el momento de escoger una profesión, elegí estudiar profesorado de Artes Visuales, ya que Miguel Ángel me había mostrado que las sombras de un ojo o una boca entreabierta pueden ser abrumadoras, y eso me fascinó, pero no quise mancillar mis libros haciéndolos víctimas de un escalpelo. Elegí mantener la literatura como lugar de gozo, sin cadáveres en camillas ni búsqueda de nervios y huesos en novelas disecadas.
Después empecé a escribir porque en ciertos momentos una se cree que vale la pena decir algo. No me ha resultado fácil mantener esa ingenua creencia, pero aquí estamos, compartiendo fotografías mentales de un universo incognoscible.
Su obra
Luna diurna (Ensayo)
Un chico dibuja el árbol, la casita, un autito sospechosamente cuadrado, el cielo celeste, un sol amarillo con rayos que le quedan verdes cuando se le mezcla el trazo amarillo sobre el fondo celeste. La maestra le pregunta si va a poner una luna en ese pedacito que le ha quedado vacío.
El nene, señalando el sol de marcador al agua, le dice que en su paisaje es de día, pero la maestra le indica que no importa, que la luna puede estar en el cielo de todos modos. Se nota la incomodidad del chico, que ahora sospecha que la maestra se está burlando, o que lo ha llevado a una de esas cuestiones engañosas en que la respuesta correcta está torcida y es difícil de ver.
La señorita se ríe y le asegura que la luna y el sol pueden compartir el cielo ¿Acaso no ha mirado nunca hacia arriba cuando izan la bandera por la mañana? El nene no entiende por qué le está diciendo algo tan absurdo, cuando es sabido que el sol alumbra durante el día, y la luna se ve por la noche.
El aula tiene la puerta que da a una galería, y apenas se asoman pueden confirmar que, efectivamente, una raja de luna es visible en el cielo iluminado. No pasa todos los días ni a cualquier hora, pero algunas tardes y algunas mañanas, sol y luna están sobre nuestras cabezas.
El nene podría haber jurado que la luna es nocturna siempre. Ese saber era inmutable, firme, y no se resentía por haber presenciado cientos de veces lo contrario. Sencillamente descartaba la evidencia en contra inadvertidamente y sin proponérselo. Veía a la luna pero la ignoraba, su presencia no manchaba una verdad sólida e incuestionable.
Habitualmente me pregunto cuántas lunas ignoro para resguardar mis creencias, cuánta tozudez intelectual, cuánta falta de observación distorsiona lo que creo saber.
Esto es así, digo, porque me resulta más confortable mantener mis opiniones, porque temo reconocer que he estado equivocada, porque simplemente no relaciono esto que veo con aquello que es un saber enquistado en mi percepción del mundo.
Nos quita un poco el equilibrio, nos deja en la incertidumbre, pero es también un paso delicioso ese de buscar lunas en los cielos diurnos, y poder verlas, y colocarlas en nuestro torpe dibujito del mundo.
Mónica Russomanno

El ángel
Mi madre añora una inocente fe
en ese Creador que rigió su infancia,
permitido ese fugaz anhelo
por la belleza inhumana de una garza
iluminada desde abajo;
resplandeciente ésta de inhollada blancura
por el divino toque de un sol recién nacido.
En alguna lámina habrá disfrutado
de una brillante grulla japonesa,
trazada a pincel con mínimos apuntes.
Y habrá visto, hace tiempo y espacio
y hace tantos inviernos y veranos,
alguna cigüeña de los tejados y los campanarios europeos,
viajera del África,
transeúnte de estanques medievales y lodazales generosos en cocodrilos.
Es mi madre quien alza los ojos
hacia esa garza vista, y aquellas aves recordadas,
y musita "Dios mío, Dios mío", y llora
por puro amor a la perfecta belleza.
Mónica Russomanno








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