
Soñar y jugar con las letras
Valeria Elías
La prosa de Mujica Láinez se considera "fluida y culta, de sabor algo arcaico, detallista y preciosista; rehúye la palabra demasiado común, sin buscar sin embargo la desconocida para el lector". Es en especial hábil en reconstruir ambientes, gracias a un dotado talento descriptivo y una gran formación como crítico de arte, aparte de su rica inventiva y su exquisitez literaria, enriquecida por los conocimientos de historia legados a través de sus antepasados. El autor, seducido por las doctrinas esotéricas, creía con firmeza en la reencarnación y declaró escribir "para huir del tiempo". Ese es el tema de la mayor parte de sus obras.

Su trabajo
El hombrecito del azulejo (fragmento)
(...)La Muerte sigue esperando sobre el aljibe,
entre las sombras de las macetas y las hojas de la enredadera.
Mira el reloj que le cuelga del cuello
y espera la hora para llevarse a Daniel.
Está aburrida y vuelve a bostezar.
Entonces ve que el hombrecito está parado a su lado,
se saca el gorro, la saluda con una reverencia
y le habla en francés:
—Madame la Mort…
A la Muerte le gusta que le hablen en francés.
Se olvida de que está en Buenos Aires,
en el patio de una casa modesta8 .
Se olvida de que en las calles hay carros tirados por caballos
y vendedores de empanadas.
Cuando escucha que le hablan en francés
se siente importante,
como la Muerte de un rey o de una reina.
El hombrecito le repite:
—Madame la Mort…
Ella se inclina, lo alza y lo pone a su lado sobre el aljibe.
—¡Al fin pasa algo distinto! —dice la Muerte.
Ella está acostumbrada a que le tengan miedo,
los que pueden verla.
Los gatos, los perros y los ratones
se vuelven locos y escapan cuando aparece.
Y los personajes pintados en los cuadros
y las estatuas del jardín se quedan mudos.
Pero esta vez es diferente porque el hombrecito le sonríe
y se ofrece a divertirla.
Entonces, le cuenta su historia, de cuando nació en Francia
y de cómo llegó a Buenos Aires por error.
Le cuenta de la gente que pasa por el zaguán;
la criada enamorada del carnicero;
el mendigo9 que guarda una moneda de oro en la media;
el farmacéutico que inventó un remedio
para la caída del pelo y perdió el suyo cuando lo probó;
del jefe de tranvías que acompaña a una señora hasta su casa,
como un caballero, y después se va tocando la corneta.
Mientras habla, el hombrecito da unos saltitos graciosos
y la Muerte ríe.
Todavía falta un rato para que se lleve a Daniel.
Así que Martinito se alisa la barba
y sigue contando historias con palabras en francés.
Y habla y habla, y no se queda quieto ni un segundo.
Cuenta historias de otras muertes, y de batallas,
de generales y soldados.
Y en el medio de un episodio terrible,
cuenta un chiste que hace reír otra vez a la Muerte.
—En plus… —continua el hombrecito del azulejo en francés.
Pero ella lanza un grito tan fuerte
que se escucha en toda la ciudad
y muchos se persignan10
.
Acaba de mirar su reloj y ha comprobado
que la hora para llevar a Daniel ya pasó.
De un salto, se pone de pie en mitad del patio y se desespera.
—¡Nunca me había pasado esto! —grita.
Y corre enfurecida hacia Martinito,
que consigue bajar del aljibe
y escapar como un escarabajo.
Pero ella lo persigue y lo alcanza antes de llegar al zócalo.
—Daniel se ha salvado, pero tú morirás por él —le dice.
La Muerte se saca el guante de su mano derecha
y pasa su dedo huesudo sobre el pequeño azulejo
hasta que lo quiebra en dos pedazos que caen al suelo.
Entonces los recoge y los tira en el pozo de agua. (...)
Manuel Mujica Lainez








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