El ícono de la navidad

Alexis Louvet, sacerdote diocesano. Administrador parroquial de la Pquia. Cristo Obrero. Canciller del Arzobispado. Profesor en el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe y el Instituto Castañeda.
Literatura21/12/2025Valeria ElíasValeria Elías

Alex

El padre Alexis Louvet comparte este análisis de la obra de Navidad en conmemoración a la fecha que se aproxima. 

El ícono de la navidad 

Los íconos son una de las expresiones artísticas más antiguas de nuestra fe. Un ícono no es una fotografía de una escena. Es el diagrama espiritual de un hecho salvífico. Se dice que un ícono no se pinta, sino que se “escribe”. Por eso hay que “leerlo”. Es el Evangelio en líneas y colores. Los íconos no intentan ser originales: los esquemas (figuras, posturas, diagramas) se repiten con pequeñas variaciones de siglo en siglo para mantener vivo el mensaje, no para exaltar al artista. En este caso nos acercamos a un ícono ruso del siglo XVI que nos entrega la buena nueva de la Navidad.

Desde lo profundo de un cielo azul oscuro que está por encima del cielo estrellado y que representa el misterio de Dios mismo (el Cielo del cielo), desde la pequeña estrella en la órbita circundante, desciende un tripe rayo hasta el centro de la tierra. La encarnación, aunque asumida por la segunda Persona de la Trinidad (el Hijo de Dios) es obra de las tres Personas. La luz de Dios (que es oscura por ser misteriosa, invisible salvo a los ojos de la fe) desciende hasta las oscuras entrañas del mundo (la oscuridad de la cueva representa las tinieblas rebeldes a Dios).

 La cueva y el pesebre nos recuerdan el sepulcro “excavado en la roca” (Lc. 23, 53). Si lo comparamos con el ícono de la resurrección veremos que el sepulcro y los lienzos están representados exactamente igual. El ícono de la Navidad nos dice que Cristo desciende, se hace hombre hasta la muerte (y muerte de Cruz): asume el estado caído de nuestra naturaleza. Este descenso a la oscuridad puede verse también en los íconos del Bautismo de Cristo y de su Descenso a los Infiernos. La cueva, en última instancia, es nuestro propio corazón. Allí donde nuestra negativa al amor crea el infierno, sepulta la vida, ciega los ojos del alma. Allí quiere nacer Dios. Cristo recién nacido está totalmente inerme, indefenso. Dios ha dejado caer todas las barreras que podían separarnos, para que definitivamente no lo temamos. Se ha entregado en nuestras manos (Lc. 24, 7) con la absoluta indefensión del amor, para que también nosotros nos desarmemos en su presencia.

 A su lado, María, reposa en un gran almohadón rojo, que representa la vida (la sangre) y la intensa caridad (el fuego). En los íconos que representan nacimientos (Natividad de la Virgen, Nacimiento de Juan Bautista) la madre reposa tras el esfuerzo del parto. Sin embargo, aquí el “reclinarse” de María evoca el lecho de su tránsito (ella acompaña por la caridad a su Hijo en una muerte espiritual) y el diván de la emperatriz del universo, que en el Cantar de los Cantares simboliza la unión de Dios con la Iglesia y de Cristo con el alma (1, 12; 2, 7; 3, 5; 8, 4).

Cristo viene a reconciliar el Cielo y la Tierra. Cristo está en (y es) el centro, atrayendo a los opuestos: el burro y el buey, los lejanos y los cercanos, los sabios y los ignorantes, los ángeles y los demonios (hasta hay uno por allí, como veremos). Esta atracción suele señalarse con un diseño concéntrico y radial hacia el pesebre. Detengámonos un momento en las figuras a su alrededor:

En primer lugar: el buey y el asno. Son los elementos iconográficos más antiguos de la Navidad. Antes incluso que José y María. Aunque no los menciona el evangelio, su presencia es bastante verosímil. Había un pesebre con heno, y bien podría haber allí un buey (el animal “dueño de casa” digamos). Por otro lado, dado el estado avanzado del embarazo de María, la Sagrada Familia pudo haber utilizado un asno (el animal “forastero”). Sin embargo, los Padres de la Iglesia daban de ellos una interpretación alegórica: el buey representa a Israel y el asno a los pueblos paganos (los “gentiles” como los llama la Biblia). El buey es uno de los animales clasificados como “puros” y además sujeto mansamente al yugo (simbólicamente: la ley de Moisés. El asno es un animal “impuro” y rebelde, no sometido a la ley. Deuteronomio 22,10 manda: “No ararás con buey y con asno juntamente”. Es decir: no mezcles lo puro y lo impuro, debes mantener separadas estas cosas: Israel y los paganos). Pero Jesús ha venido a reunir bajo una misma ley de amor a ambos pueblos, y formar así su Iglesia. También tenemos el pasaje de Isaías 1,3 que dice: “El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento”. Por ello, la presencia de estos animales en la cueva señala, por contraste, de la cerrazón del corazón humano ante su Señor.

Más allá de este sentido, los Padres también indicaban que con los animales en la cueva se simbolizaba la animalidad, la debilidad carnal, a la que Jesús desciende. Como Adán y Eva a los que Dios hizo vestidos con pieles de animales (Génesis 3, 21) para vestirlos tras la caída, simbolizando que el pecado los había sometido a las pasiones inferiores, Cristo entre animales representaría los aspectos más humillantes de su encarnación.

También tenemos a los lados escenas de adoración y escenas de evangelización: Los tres magos van con sus dones a adorar a Jesús, así como los tres ángeles dirigen su oración a Dios en el Cielo. Llevan las manos cubiertas (símbolo de la majestad divina a la que ni los ángeles pueden tocar). El Dios trascendente se ha vaciado de su gloria, se ha anonadado. Y es el mismo aquí en la tierra, al que adoramos en la Eucaristía (el Niño-Pan de Belén), que la eterna Palabra de Dios al que se adora en el Cielo. Los magos nos enseñan el verdadero culto litúrgico, y con sus dones de oro, incienso y mirra (que eran considerados regalos preciosos y muy valiosos en la antigüedad) expresan la profesión cristiana de fe: El oro se le ofrece por ser Rey (el Mesías), el incienso por ser Dios (y Sacerdote Eterno), y la mirra por ser Mortal (Varón de Dolores... recordemos que la mirra, hierba amarguísima, se usaba para embalsamar a los muertos). Los íconos suelen representar en los magos las tres edades de la vida (juventud, adultez, ancianidad) para indicar que Cristo vino para todos y que en cada etapa le debemos ofrendar lo mejor del corazón. El viaje de los magos es también el nuestro. Ellos eran la vanguardia de esta inmensa procesión de todos los pueblos hacia Jesús, los primeros que se postraron “para adorarlo”.

Del otro lado pastores y ángeles entran en comunicación (es la evangelización, el anuncio de la Buena Nueva). Un ángel contempla el misterio, otro lo comunica. Un pastor escucha al ángel, otro comparte el mensaje con un compañero. El evangelio alegra a los ángeles y a los hombres. La breve escena expresa lo que San Lucas: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres amados por Él... Los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado... Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto (2, 14, 15b y 20). Así se presenta el inicio de la evangelización, y se nos recuerda que nuestra Alegría viene del Cielo: el canto de la Navidad lo aprendimos de los ángeles. Es un canto nuevo, que los hombres no nos hubiéramos atrevido a imaginar por nosotros mismos. Por eso fue necesario que lo cantaran primero los ángeles.

En la parte de abajo tenemos dos escenas, que, como la cueva, pertenecen a la tradición de los primeros cristianos, aunque no figuran en los evangelios. Sí, en cambio, fueron recogidas en un texto cristiano (pero fuera del canon de la Biblia) llamado “Protoevangelio de Santiago” escrito alrededor del 150 d.C., al menos la referencia a la cueva y a las dos parteras. Se dice que un varón no podía asistir al parto, por lo que José habría buscado a estas dos comadronas del pueblo. Al llegar, María ya había dado a luz (como la resurrección, las obras de Dios ocurren en lo secreto). Igualmente se encargaron de los primeros cuidados del Niño. En el ícono las vemos templando el agua para bañarlo (casi un anticipo del agua bautismal, ellas lavan al que vino a lavarnos de nuestros pecados). Representan la caridad con que podemos servir a Jesús en su dimensión humana, carnal. Sobre todo en el amor hacia los más necesitados, enfermos, agobiados. Ante el misterio del Dios hecho hombre nos pueden acometer dudas paralizantes. Pero la fragilidad de la humanidad sólo puede lanzarnos hacia una caridad activa, servicial, llena de compasión. Así estaremos sirviendo y adorando a Cristo en su humanidad.

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 Al otro lado tenemos representada la otra posibilidad: las dudas de fe que paralizan la acción. San José es presentado en un momento de tentación. El anciano vestido de pastor que lo llena de angustia y de aflicción es el demonio, representado como “el hombre viejo” del que hablaba San Pablo (Col. 3, 9), es decir la prudencia del mundo, la mirada cínica y desesperanzada que se reviste del prestigio de la “experiencia”. El demonio le está mostrando una delgada vara seca y le dice: “Una vara seca no puede florecer: una virgen no puede dar a luz”. Es decir: cuestiona la naturaleza divina de Cristo. No es un drama psicológico o personal de José, allí se simbolizan las dudas que a lo largo de los siglos tientan a los hombres de Dios, llevándolos a las herejías.

Hemos visto el rayo que desciende: El origen del universo desciende y se hace carne, hombre, niño. Emanuel: Dios con (o “en”) nosotros. Es una historia que produce asombro y hasta rechazo. Que el absoluto se hiciera una creatura. Pero al mismo tiempo nos muestra cómo funciona el mundo. San Pablo dice que se nos ha revelado en Cristo el secreto que estaba oculto desde el inicio del mundo. «Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria» (Col. 1, 27). ¡Cristo en ustedes! Emanuel. Dios se hizo hombre para que el hombre fuese Dios. El icono de la Navidad nos revela la estructura del mundo. El logos está de alguna manera en todas las cosas (de un modo sustancialmente diferente en la encarnación, por supuesto, pero, aun así: análogo). El misterio que hace que las cosas existan. Por eso las dudas de José son, en última instancia, sobre toda la realidad. Se pregunta ¿existe realmente el mundo? El Logos, la belleza, la armonía que vemos en él ¿no será una ilusión? ¿Cómo se une el espíritu y la materia? ¿Realmente este mundo es “creación”? ¿O será un absurdo malentendido? Nosotros mismos ¿somos hijos amados de Dios? ¿O animales con un deseo inútil de felicidad? El ángel dice que María contiene en su seno lo que el universo no puede contener. ¿Es así? ¿Puede el ser humano contener a Dios, entrar en comunión con Él? ¿La realidad última será el absurdo o el misterio?

Contra todas esas dudas, José (cada uno de nosotros) cuenta con la intercesión de María. Ella está inclinada mirándolo a lo lejos. Él puede estar perdido para sí mismo, pero no para ella. Nadie está lejos de su corazón. Ella intercede por nuestra fe, es la que triunfa sobre las herejías, como la llaman los antiguos himnos. La que nos ayuda a creer en el amor de Dios, en la maravilla de la creación, en la gracia infinita de la redención, del Dios hecho hombre por nuestra salvación.

Dejamos así que el ícono de la Navidad nos cuente su Buena Nueva, nos introduzca en ella, disipe las tinieblas, nos lleve hasta ese Niño que nos aguarda con el don de la Paz.

Alexis Louvet

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