El dolor, entre la realidad y la fantasía

Leonardo D’Auria (Santa Fe, Argentina, 3 de noviembre de 1991) es artista plástico y escritor. Autodidacta, su trabajo cruza la narrativa y las artes visuales, con un interés particular en la construcción de atmósferas, los mundos simbólicos y la exploración de lo fantástico y lo oscuro.

Literatura18/01/2026Valeria ElíasValeria Elías

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Su producción se caracteriza por una búsqueda íntima, sensible y constante del vínculo entre imagen, palabra y emoción.

Su obra

Lágrimas secas

Esta mañana daba el pecho a mi pequeño, jugaba en sus rizos con mis dedos. Ahora, el fulgor
naranja del sol todavía arranca algunos destellos del horizonte y heme aquí, acomodando piedras
sobre la tierra aún removida de su tumba. Sé que esto se pondrá difícil, pero mi cuerpo todavía no
reacciona.
Mis manos están heladas; me lavé el rostro hace un rato y la piel parecía la de una gárgola:
mejillas frías, inertes… ajenas. Me recordó a mis días en el palacio, limpiando estatuas grises de
grandes señores de la guerra, antiguos… muertos.
Debería estar llorando, ¿no? La monja que intentó salvar a mi niño me miró en silencio durante un
rato, indiscreta, acusadora. ¿Cómo enfadarme con ella? Tal vez esperaba presenciar el derrumbe,
la crisis, el llanto. Una madre más, arrancándose la piel del cuello, desgarrando los jirones, para
hacer carne su inmenso dolor. Pero no. Mala suerte. Tal vez la próxima viuda desvalida la
complazca.
La guerra nos ha regalado muchas de esas, de las viudas, digo. Y de las escenas de dolor
también: madres sepultando hijos, pequeños llorando a sus padres, jóvenes con rostros
congelados por el miedo blandiendo, apenas, espadas que pesan casi la mitad que ellos. Niños y
niñas, sin distinción; la muerte no pierde el tiempo discriminando. Los reyes la tienen trabajando
de sol a sol. No tiene respiro, pobre.
La cosecha de sangre no se detiene: el pueblo entrega fila tras fila de sus generaciones. Nuestros
retoños, frescos y radiantes, se extinguen mientras los grandes señores adornan sus cabezas con
hilos blancos y plateados. De vez en cuando reclama a uno o dos de ellos, pero enseguida sus
vástagos los reemplazan. Es tan injusto.
Pero yo voy a arreglar eso. Hablaré con ella. Claro que no tengo el poder para forzar a nadie, pero
tal vez pueda hacerla recapacitar.
Mis manos ahora están calientes, tal vez por las heridas o por el esfuerzo de excavar la tierra con
mis dedos. El camino hasta el templo de Nergal —así le dicen aquí a la muerte— es escarpado,
pero por suerte está cerca.
Un viajero de más allá de las montañas perdió a su familia intentando cruzar el Enki Kaikal;
buscaba llegar a Ámaco, la única tierra pacífica en este continente. Y así los perdió, buscando la
paz. Irónico.
Ocupó sus últimos días apilando piedras y pintando símbolos con su sangre y la de su familia. Un
ritual desesperado de los forasteros para que los reciban bien del otro lado. Al terminar, se sentó a
meditar y a esperar la muerte. Y ella acudió. Agradeció el gesto, le besó la frente con dulzura y
recolectó su aura y la de su familia.
El cuerpo de mi niño ya está frío y rígido, pero no pesa. Incluso es al revés: parece flotar, escapar
de entre mis brazos. Tal vez percibe que nos acercamos al refugio de quien ahora le pertenece.
Este sitio está en ruinas. Es oscuro, frío y tranquilo. De alguna forma, reconfortante. Lo sería más
si no estuviera lleno de huesos, arañas y viejas ofrendas florales. Pero de pequeña me enseñaron
a no criticar el hogar de los demás, así que me limito a, en voz baja, agradecer la hospitalidad.
Aquí, sola, el mundo no es tan ruidoso. Lejos de las revueltas, los soldados y los bandidos, de la
hambruna, la enfermedad y la miseria. Hasta parece un sitio hermoso, un lugar que uno podría
extrañar. Las lágrimas humedecen mi mirada, puedo sentirlo. El estómago se me hace un nudo y
la garganta se estruja en un sollozo sordo. Aprieto a mi bebé entre mis brazos. Ahora puedo
sentirlo: la grieta en mi pecho. La monja estaría feliz de poder consolarme.
—Es una criatura hermosa.

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La sombra en el rincón se hizo espesa frente a los ojos de la mujer. El resplandor blanco de la
luna recortaba la silueta amorfa de una criatura que parecía humana, pero se desgarraba con la
más mínima brisa.
—Es mi niño, mi primer hijo… el único.
—Lo sé.
—Mi esposo fue reclutado… algo me dice que también murió.
—Así es.
La mujer tragó saliva, pero mantuvo la vista firme en la oscuridad que le hablaba.
—Quiero pedirte algo.
—No es mi tarea conceder favores.
—Tal vez podamos negociar… mi aura es tuya si quieres.
—Lo será de cualquier forma. Todos los espíritus me pertenecen; es solo cuestión de tiempo… y
en mi prisión, el tiempo es lo que sobra.
—Debo tener algo que quieras… Te ayudaré a salir de tu prisión. Por favor, Nergal, suplico
escuches mi petición.
La criatura contuvo la risa.
—Humana, Nergal es mi… hermano. Nacimos de la misma estrella, gestados en la misma nada.
Aun así, mi prisión sigue siendo la nada: no hay barrotes, no hay contención, no hay dónde huir…
condenado a no sentir, obligado a segar almas por la eternidad.
—Solo quiero justicia. Quiero que alguien me ayude a borrar del mundo a todos aquellos que
generan esta matanza, esta tortura de vivir entre lágrimas.
—Entiendo. Pero no puedo ayudarte. No soy “alguien”… solo puedo cosechar a aquellos que
mueren, a las almas que nadie más puede ver o tocar. Necesitas a alguien que sienta, que pueda
cortar un cuello si hace falta.
—Yo podría cortar un cuello… pero ya no tengo fuerzas.
El espectro salió del rincón y, como hojas atrapadas en el viento, bailó alrededor de la mujer.
—Tal vez pueda ayudarte, pero no vivirás para verlo.
La mujer no se inmutó ante el gélido aliento de la criatura.
—No debes ser muy bueno en tu trabajo si aún no lo has notado: ya estoy muerta.
—Entonces no veo impedimentos para nuestro intercambio.
—Debes prometer que todos los injustos pagarán.
—Tienes mi palabra.
La mujer estiró la mano y la sostuvo en el aire; con el otro brazo aún sostenía el cuerpo de su
bebé.
El espectro se sacudió y se desarmó en una nube negra. Se arremolinó alrededor de su palma y
entre sus dedos. El toque frío y seco de la brisa oscura comenzó a impregnarse en cada recoveco
de la mujer. Su piel se erizaba y temblaba con cada impulso de aire. De repente, se paralizó y
luego se desplomó.
Unos segundos más tarde, aún en el suelo, la mujer abrió los ojos y estiró los brazos, como si
despertara de una larga noche de sueño reparador. Se estremeció con el aire rozando su piel y
sonrió de placer. Se incorporó, sentada entre huesos y flores secas, y acarició su pelo con
suavidad. Salió del templo y miró al cielo. Observó las estrellas y soltó una carcajada, casi
burlándose de ellas.
En sus ojos ya no había brillo y en sus brazos ya no llevaba a su niño. Ni siquiera se detuvo a
darle sepultura antes de partir sin rumbo, pero con un plan clavado en la mente.
Las estrellas como testigos, y solo ella, con una promesa por cumplir.

Leonardo D’Auria 

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