
Máximo Ballester nació el 6 de septiembre de 1964 en San Fernando, Buenos Aires. Escribe poesía y aforismos.
Maria Luisa Ferraris es escritora, docente de Letras y de lengua italiana, Especialista en estudios sobre la inmigración italiana en la Argentina. Integra CD del Centro Piemontés de Santa Fe, de la Asociación de Mujeres Piemontesas de la R.A. (AMPRA) y de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE). Trabaja para el Portal de la Memoria Gringa de la Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe)
Literatura09/02/2025
Valeria Elías
La autora, tiene un destacada trabajo en la literatura histórica. Sus letras y trayectoria hablan por si mismas.
Lo escrito
El ignorado
El claror del alba empuja el día hacia el cenit. Ha de ser el último amanecer colándose por los resquicios de los austeros postigos. Otra vez. Ahí está otra vez esa mujer parada frente a mí en el vano de la puerta que da al corredor. Siento su mirada fija, húmeda y quizás piadosa sobre mi cuerpo inerme y desgajado. Si cierro los ojos ya no la veo, pero presiento su figura vehemente sobre el límite de la habitación. No puedo imaginar quién es, no la reconozco en mi pasado, es más, creo no haberla visto jamás. Con esa breve falda oscura que deja ver sus estatuarias piernas de bronce, no parece de este tiempo o, al menos, de estas latitudes. Su larga y honda mirada me traspasa y... (en esta austera habitación donde apenas se filtra una leve luz por el estrecho ventanuco -vuelvo a estremecerme-, el camastro de tientos es como el ara desnuda de la memoria arrinconada sobre el que señorea la ausencia del cordero en un crucifijo de madera. No hay mucho más en este claustro monacal: una jofaina sobre un breve lavabo de hierro, dos sillas de cuero, un leve aroma a rosas que viene del jardín...) ...y no puedo llamarla pues no conozco su nombre y además, el cordón de seda malva impide el paso más acá de la puerta que da al corredor...
Ahora veo que se acerca Argerich, traspasando el cordón de seda de la puerta. Él sí puede entrar. Estamos en el mismo espacio del tiempo. Quién sabe a qué clase de torturas me someterá esta vez... Pero no importa, porque al cerrar los ojos en el medio de sus crueles prácticas, veo un hermoso árbol, brillantemente transparente; es un árbol de lluvia con sus intermitencias diamantinas, amorosamente dispuesto a recibirme debajo de su copa fresca y pura. Me disuelvo sin remedio hacia el presagio de la fe. Lo sé.
Jamás me perdonaré el no haber llegado a tiempo. La marcha desde Buenos Aires fue veloz, como también lo fue el combate. El patio del convento nos cobijó en el sigilo silencioso de la noche; hombres y bestias expectantes en la inmensa oscuridad de un cielo sin estrellas. Desde la altura de la espadaña, el Coronel escudriñaba las orillas del río en el vacío del alba. Los godos ascendieron por las barrancas y, cuando ya el sol se insinuaba en el oriente, el primer toque de botasillas rajó el aire del vórtice mortal de la carga de nuestros hombres. Allí, el Coronel se dirigió hacia mí: “En el centro de las columnas enemigas nos encontraremos y le daré mis órdenes”. Las lanzas y los sables brillaron en las guedejas de la cándida canícula matinal. Las granaderas espolearon los caballos de los dos flancos. Y entonces fue mi desatino. El cálculo errado me alejó del centro del combate y el coronel cayó bajo el caballo. Pero luego, creo recordar, un ímpetu infernal desconocido para mí nos hizo brotar desde las vísceras un rugido feroz, de ira y de ansia de victoria. Allá fuimos, a degüello, con Díaz Vélez, empujando maturrangos a las fauces del río.

Y de pronto algo estalló delante de mis ojos y los fragores del combate obnubilaron el cosmos hasta desaparecer. Después sólo recuerdo los ayes de dolor entre estos muros, los ojos vidriosos de Argerich en la hedionda frialdad del refectorio y las sotanas alborotando el resbaladizo corredor cubierto de huérfanos coágulos infectos, de tripas sin dueños y de sesos hirvientes que aún respiran. Ahora, desde la postración de estos huesos indignos, sólo alcanzo a ver esa figura incólume que me observa -pareciera- con dolor. Lleva algo semejante a un morral al hombro y una extraña y pequeña caja negra entre las manos. Parece no verme, y sin embargo alza la caja hasta la altura de sus ojos y dispara; de repente vuelvo a ver otra vez el resplandor de la batalla y el estallido de mis huesos. Nada más... (¡ojalá pudiera rescatar su espectro en esta imagen! El heroísmo es la emoción que flota en el convento, en el campo raso de la batalla y en la penumbra de este templo, la habitación del sacrificio...)
Los frailes y los médicos atraviesan la puerta sin obstáculos para lavar y curar el muñón en el que concluye mi pierna izquierda. El torniquete aprieta la vida dentro de mis venas, mas no alcanza para contener la culpa de mi error. Hace ya muchos días que pienso en ello. Mi corazón continúa latiendo pero la mente me dice que sólo la definitiva penitencia borrará mi indignidad. No quisiera morirme habiendo rozado solamente los bordes de la esquiva victoria. El destino me depara el olvido, no las hazañas de la gloria. Seré nadie entre los miles de mortales a quienes ni siquiera les es otorgada la gracia del recuerdo de las generaciones. Acaso mi tumba yacerá sin lápida bajo la hierba estéril de los siglos. Y un día tal vez, algún viajero intrépido descubra mi nombre apenas visible en los surcos de piedra y se pregunte: ¿Quién ha sido este hombre que yace ignorado en el silencio de la Historia? ¿Qué será de mí..., de Dominga y de mis hijos en la Provincia Oriental? ¿Quién cuidará de sus necesidades? Estamos todos imbrincados de libertad y de victoria en estos sangrientos campos de la Patria. Apenas nos alcanza el sueño del hogar de vez en cuando. ¿Hasta cuándo podré soportar esta última agonía?
Ya no está la mujer en el vano de la puerta. No hay nadie en la habitación y los corredores han enmudecido. Es el momento, es un solo momento. Voy a desligar la herida y liberar la vida que se va adormeciendo en cada latido de las venas. (Ahora que me he ido y recorro los pasillos hacia el sol del jardín y las veredas, seguramente vuelve a suceder el rito circular de la inmolación eterna. El Capitán vuelve a morir en cada paso que me aleja, entre los grupos vocingleros de estudiantes, sobre los depliants de las mesas del ingreso, en el murmullo de los grupos de turistas que eternizan el instante de haber estado sin estar, en el arrullo pertinaz de las tórtolas que anidan en el pino y en la repetida fuga de la tarde). El sueño que inicié en Montevideo se acaba para mí. Arde el lecho, como la gloria en la batalla. Y sin embargo ya no la veré... Otros harán la Historia grande; no yo. Sé que cuando vuelva a cerrar los ojos en la calma absurda de este claustro, veré finalmente y para siempre ese árbol de lluvia adelantándose hacia mí...
Maria Luisa Ferraris

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