
Aguafuerte del recuerdo
Valeria Elías
Arlt es quizás uno de los pocos escritores destacados en los comienzos del siglo XX que proviene de la clase media de escasos recursos económicos, hijo de inmigrantes pobres, educado en la escuela pública y de formación prácticamente autodidacta en la ciudad de Buenos Aires. Su territorio es el del barrio de Flores, las tertulias, las bibliotecas públicas, socialistas, anarquistas, los centros de cultura barrial, el periodismo y las publicaciones populares.
Su letra
Literatura sin héroes
Una fea lámpara humosa cobra valor estético cuando ilumina el rostro de un héroe. No importa que la existencia de este héroe determine un peligro dado. Su capacidad de acción, por profundidad, le presta a la lámpara un relieve desusado. En consecuencia, el paisaje se viste con el espectro magnético del héroe.
En cambio, la realidad fotográfica de sí mismo o de las apariencias externas, le facilita al novelista sórdidos materiales de construcción literaria. Entre estos materiales se encuentra la medianía, que estando por sus naturales proporciones excluida de la obra de arte, ha sido hoy reivindicada por los novelistas en el denominado arte subjetivo.
Nosotros no desestimamos los valores sociales ni morales de la medianía, mas ello no significa que la medianía tenga el suficiente relieve para informar los frescos de la obra de arte. La reivindicación de la medianía es un suceso cuya responsabilidad atañe en particular al realismo. La primera reacción del realismo fue sustituir al deforme figurón que animaba los lienzos del romanticismo con las meticulosas estampas amarillas que tejían las vidas de entonces. Este éxito del mediocre cotidiano en la novela, se debe a que el realismo no es un género sino una técnica que se limitó a describir lo que se hallaba debajo de sus narices con fidelidad del pantógrafo. Triunfo determinado por la facilidad de manejo del instrumento. Así, llegó a transferir la pintura de caracteres a la descripción lineal de las figuras y sólo Huysmans, pésimo novelista y genial prosista, al exagerar la descripción de las cosas hasta su retorcimiento creó dentro del realismo un fenómeno de estilo esencialmente poético, del cual Valle-Inclán en España fue fervoroso continuador. De hecho, la medianía constituyó y es la piedra angular del realismo, pero su frecuencia dentro de la novela contemporánea es una peste que torna insoportable la lectura de los libros que hora tras hora invaden los escaparates.
Lo más curioso del caso es que el novelista parece ligado más que nunca a la tremenda medianía de sus contemporáneos, en el preciso momento en que el planeta es conmovido por la acción de héroes negros, rojos y blancos como en la astral clasificación de la magia.
La novela contemporánea casi ignora al héroe. Su material preferido son hombres y mujeres secos, aburridos, miopes, que narran con lágrimas de resina la historia de sus interiores de madera.
Cuando aparece una novela ligada a héroes auténticos, su éxito es asombroso, se ocupe o no de ella la crítica oficial. El asunto del libro corre de boca en boca y se da el caso de historias cuya carrera se debe exclusivamente a recomendaciones orales que llegaron a cruzar los océanos.

Dicho suceso no es frecuente.
¿A qué se debe el predominio de la medianía en la novela? A que sus autores son novelistas mediocres. Es rarísimo el escritor que durante sólo cinco minutos al día llega a sentirse héroe, tirano, asesino, santo o monstruo. En consecuencia, estos profesionales ignoran el interior de los héroes, de los tiranos, de los santos. En cambio, los vemos dedicar páginas y más páginas a describir cómo tiemblan los pétalos de una rosa de papel cuando pasa un ángel. En torno de esta apoteosis de la ficción atomizada, se estructura la estética del llamado arte nuevo.
Las consecuencias más graves producidas por estos embelecos debemos relacionarlas con el estado mental a que predisponen a la juventud. Esta acaba por encontrarse frente a un mundo de ficción desnaturalizado y tan estabilizado en la falsedad y tan fácil de abordar que, como es fácil, termina por admitir que es verdadero.
Por otra parte ¿quién no tiene algo que contar de sí?
Pero trate alguien de narrar cómo se violenta una caja de hierro, cómo se fabrica una fortuna especulando en la bolsa, cómo se fabrica una joya, cómo se organiza una industria, cómo se escribe una novena sinfonía, y cuéntelo exactamente y con todas las tremendas dificultades que el suceso presupone; y entonces quizá, habrá hecho una novela. Porque de cualquier modo, habrá cumplido con las leyes que rigen la vivencia de un relato.
Observamos en cambio, que la novela como el teatro contemporáneo es obra de escritores que dominan el arte de escribir pero que carecen de asunto. Se pondrían comparar a estos autores a albañiles en disponibilidad. Saben manejar la cuchara, el nivel, la plomada, pero no tienen edificio que construir. De esta manera los géneros más expresivos y nobles se encuentran encarrillados en las humosas zonas de lo subjetivo, donde el capricho violenta todas las leyes de la gravedad.
Y el lector va en busca de héroes a las llamadas biografías noveladas.
Roberto Arlt








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