
En un pueblo en silencio
Valeria Elías
A lo largo de mi carrera profesional participé en numerosas antologías literarias, en las publicaciones realizadas por el Centro De Estudios E Investigaciones Históricas De Humboldt institución de la cual soy miembro fundador, en calidad de disertante de Charlas Virtuales y en presentaciones de libros de otros autores , además de participar en numerosos eventos literarios
Sus escritos
Hilmer Berg, el croto
Cuando el sol mostraba sus primeros rayos, acomodó sus escasas pertenencias .Todo hacía pensar que sería un cálido día de otoño. Tomó la bagayera y se marchó. Su rostro inmutable como siempre, su figura perdiéndose en el horizonte.
No se sabe cómo, un día apareció en Colonia Rivadavia, Hilmer Berg. “El alemán”, o sólo, “un croto”, como tantos, que trabajaban de un lugar a otro. Hilmer fue eso, uno más. Ex-oficial de la marina alemana quien huyó de la guerra.
El nuevo habitante, de cabellos dorados, ojos azules, mirada sin brillo. Hablaba el castellano con dificultad. Culto, parco. Su soledad era palpable.
Trabajó como bracero en las cosechas, deambulando con sus mínimas pertenencias que cabían dentro de una bolsa de arpillera. Una ollita, un plato hondo, la pava, la calabaza para el mate, el tenedor, la cuchara, la bombilla y un cucharón de mango recortado.
El cuchillo, siempre en la cintura, a mano ante cualquier emergencia. El "fierrito asador" con uno de sus extremos aguzados y el otro doblado en forma de gancho, para asar carne o colgar la pava del doblez y calentarla sobre el fuego.
En las conversaciones era posible descubrir la naturaleza del señor Berg, hablaba de maizales y bolsas recogidas, de teatro o poesía. Observarlo pintar las paredes de las viviendas del pueblo y del campo, era un placer. Tomaba su vasito de vino, se entonaba un poquitito y pintaba montañas, casas, agua, barcos; vida en perfecta armonía.
Paisajes que transmitían paz. ¿Sería lo que buscaba?
En la Colonia, quedaron plasmadas sus obras y su transitar por el lugar. Un lugar más en su vida, esa vida de trashumante que había elegido, todo un misterio para los sedentarios.
Quizás fue la miseria, o quizás, sólo su deseo de volver a empezar.
Alicia Brunas Pfaffen

Vínculos
Subo por la montaña, camino angosto, curvas entre laderas de piedra. El paisaje es soberbio, siento latir fuerte mi corazón. Mis ojos se maravillan, flores silvestres, picos nevados, el paso del viento mezclándose en los pinos. A lo lejos, el eco de las campanas de la iglesia marca el ritmo del tiempo.
Las lágrimas, de a ratos, me juegan una mala pasada y enturbian mi vista.
Me siento para recuperar energías y disfrutar de este momento.
Cierro los ojos, el silencio se ve interrumpido por el sonido del agua de la vertiente que baja de la montaña. Huelo el perfume del azafrán. Es el mismo que tenía impregnado el baúl que estaba en “la piecita” de la casa de “Los Pfaffen” en Colonia Rivadavia.
Me siento protegida, como en el campo de mis abuelos; el paisaje es diferente, pero a mí nada me resulta extraño. La posición del “Sunna” indica que pronto será mediodía, sonrío pensando que eso me enseñó mi abuelo Casimiro: saber la hora según donde esté ubicado el sol.
Despacio me levanto. Desde aquí puedo observar el valle en toda su amplitud, imagen que quedará por siempre grabada en mis retinas y en mi corazón.
A medida que avanzo, el pueblo de Mund aparece ante mí, la tierra de mis ancestros. Casas de madera y piedra, malvones furiosos explotan en los balcones junto a la bandera roja y blanca, como la que estaba enmarcada en el comedor de nuestra casa.
Me detengo a observar el granero, del que tantas veces oí hablar en mi familia, edificado arriba de postes de madera y sobre ellos, losas redondas que impiden el ascenso de los roedores. El jardín, un pequeño espacio donde conviven la huerta y las flores en perfecta armonía.
¿Qué palabras usar para definir mis sentimientos?: pertenencia, identidad. Todo es distinto, pero familiar.
Paso frente a la iglesia, la misma fe católica nos une. A su lado el cementerio, en el que todos somos iguales, sin monumentos, sólo cruces de maderas talladas, donde leo apellidos que me resultan conocidos; a sus pies, flores de nácar.
Voy llegando a la casa de mi familia valesana, escucho palabras que no sé traducir, pero resuenan en mis oídos, porque alguien antes las pronunció en mi tierra.
Las miradas afectivas resuelven lo que no pueden las palabras.
Compartimos el pan, como en las viejas épocas, pero que ahora abunda; las manos de quien me lo alcanza me recuerdan a las de mi abuelo.
Me recuerdan una cultura, que no es extraña, aunque existan miles de kilómetros y un océano que separa y une.
Hay algo que no se rompió, algo que me trajo de regreso. Por eso estoy aquí, caminando por los campos de azafranes de mis ancestros.
Alicia Brunas Pfaffen






"Te quise, te quiero y siempre te querré" de Beatriz Torregrosa Campos






De nicho cultural a fenómeno comercial: ya hay 30 convenience store coreanos en el país
Sabores21/03/2026


En Automechanika 2026 se debatirá cómo cambió el hábito de compra en el mercado de autopartes
Actualidad25/03/2026
