
Pasar por el corazón
Valeria Elías
Profesional activo con publicaciones en el ámbito de la salud mental. Escritor y poeta, autor de trabajos de investigación
Su literatura
La Tartaruga
Fue por los años noventa. Mis hijos todavía eran muy pequeños: Emiliano y Manuel. Yo ya me había divorciado de la mamá y, si bien había ido a Búzios en otras oportunidades, esa vez decidí viajar con ellos para que conocieran ese lugar tan hermoso.
Una tarde resolví llevarlos a conocer La Tartaruga.
La Tartaruga es una playa considerada una de las más bellas del mundo. En castellano, su nombre significa la tortuga.
Cuando llegamos, en un auto que había alquilado, ya no quedaba nadie en el lugar. Los que prestaban servicios estaban cerrando, con la idea de irse, salvo uno de ellos, que aún permanecía abierto, con algunas mesas y sillas frente al pequeño local.
Nos sentamos en una de las mesas y le pregunté si nos podía atender. Me dijo, en un castellano muy claro, que ya estaban cerrando. Le expliqué que todavía no habíamos almorzado, aunque ya eran cerca de las cinco de la tarde, y le pedí, por favor, si podía hacernos algo. Muy gentil y respetuoso, me dijo que iba a ver qué podía hacer y que, si nos conformábamos con frango asado y una ensalada —pollo asado y ensalada—, podía prepararlo rápido.
Acepté sin dudar y le pedí además algunos jugos para los chicos y una cerveza para mí, mientras esperábamos. Todo transcurría con una tranquilidad y una paz absolutas. No había nadie más en el lugar. La marea avanzaba muy lentamente. Todavía era de día, y el sol comenzaba a desvanecerse, también muy lentamente.
Cuando el frango estuvo listo, nuestro anfitrión —ya van a entender por qué lo llamo así— nos sirvió con una gentileza que aún recuerdo. Mientras comíamos, la marea iba llegando hasta la mesa, acariciando nuestros pies. Comíamos y disfrutábamos. Todo era delicioso.
En un momento, él se acercó y, reconociendo nuestro acento, nos preguntó si éramos de Argentina. Le dijimos que sí. Entonces nos dijo que él también era argentino. Y agregó algo que me dejó sin aliento: era el hijo de Nélida Lobato, y quería saber si sabíamos de quién se trataba.
Mis hijos, claro, no tenían idea. Pero yo la recordé inmediatamente.
Fue uno de mis íconos de adolescencia, un símbolo de belleza y erotismo de aquellos años. Nada menos que Nélida Lobato, una vedette que, en las décadas del cincuenta y sesenta, descolló en Buenos Aires, llenó teatros, ocupó tapas de revistas y diarios, y fue una figura central del mundo del espectáculo de esa época.
Me conmoví y se lo dije.
Él también se emocionó. Luego se retiró y seguimos comiendo.
Entonces les dije a mis hijos:
Traten de no olvidar nunca este momento. No importa si saben quién fue Nélida Lobato. Estamos solos en una de las playas más bellas del mundo, comiendo con tranquilidad y paz, mientras el mar nos acaricia. Traten de no olvidarlo, porque este momento es único, mágico. Es, de algún modo, un milagro que la vida nos está brindando.
Años después volví a decirles palabras muy parecidas, esta vez en la Little Italy de Nueva York.
Estábamos cenando de noche, en un restaurante pequeño, casi contra una pared cubierta de fotos y cuadros de famosos que habían asistido al restorán: Frank Sinatra, Robert De Niro y otros más que ya no recuerdo.
Comíamos unas pastas inolvidables. Y otra vez les dije:
Chicos, recuerden este momento. Guárdenlo, porque es único.
No sé si Manu lo recordó.
Manu ya se fue a disfrutar de otras playas.
No sé si Emi lo recuerda. Espero que sí.
Yo no lo olvido. Lo guardo como uno de los momentos más hermosos de mi vida, de los que tengo muchos, y seguramente los iré compartiendo.
Pero estos dos —La Tartaruga y aquella noche en Nueva York— están entre los más hermosos que me tocaron.
A la vida le agradezco haberlos vivido.
Y le agradezco también poder seguir contándolos y compartiéndolos.
Pronto cumpliré 76 años, el 3 de marzo.
Miguel Ángel de Boer








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