
El niño que no quería ser grande
Valeria Elías
Escribe su poesía con un existencialismo a flor de piel, sensible y desafiante, construye y desconstruye su ser a través de las letras, buscando perdurar su existencialidad.
Algo de él
prendí el velador a la madrugada
y me senté en la cama para arreglar
todo en una sola noche.
Un grillo ganó el baño,
el hijo del vecino sueña
y le pega a la pared,
la cabeza del ventilador
me negó más de tres veces.
Puedo explicar el origen
de cada cosa en esta pieza:
el ropero del matrimonio
fallido de los abuelos,
la lámpara que traje a pie
desde un negocio del centro,
las mesas de luz de una viuda
que no conocí.
Sé todo eso
pero soy incapaz de decir
cómo llegué hasta acá.
No es que no pueda reconocerme,
el cuerpo se distorsiona
de una manera tan perfecta:
debajo de los estratos las capas
tengo el pelo rubio y los bracitos
de ese nene de 1986.
Quisiera torcer lo que pasó,
aunque sea una sola cosa
para que todo cambie:
haber escapado antes de esa casa,
no haber matado a ese pájaro
en el monte,
no haber llegado a esta ciudad.
Hace tiempo que busco convertirme
en un hombre nuevo
pero apenas soy capaz
de lavarme los dientes
y apagar las luces
antes de irme a dormir
Santiago Venturini

cerrar los ojos
en una pieza oscura
no es dormir
El corazón pega su patada
y cuando la sangre explota
escucho cosas:
esperá para meterte al agua
alta en el cielo
juntate con los varones
es sentir de verdad.
La ropa de los grandes parecía pesada,
los platos de vidrio marrón eran Durex,
en las sábanas había barquitos.
Sé que todavía tengo
dos piernas dos brazos
pero no estoy entero:
la cabeza sobre la almohada
los pies en el agua de una pileta pública
la espalda sobre los yuyos de un patio
donde una vez alguien me enseñó
el nombre de unas estrellas
Santiago Venturini





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