
Apasionada literata
Valeria Elías
Desde niña Victoria fue una ávida lectora a la que su madre no le permitía leer, sin embargo ella escondía libros como Balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde, debajo de la almohada. En varias ocasiones manifestó su voluntad de estudiar teatro y convertirse en actriz, lo cual fue prohibido por su padre. Inmersa en el mundo literario, en 1920, se publicó su primer artículo en La Nación sobre La divina comedia, de Dante Alighieri, titulado Babel.
Si bien no formó parte del grupo, la revista Sur le dedicó un número especial a Manuel Mujica Lainez, de quién Victoria era amiga personal y con quién mantuvo correspondencia hasta un mes antes de su fallecimiento.
En 1941, se instaló en su residencia Villa Ocampo —hoy perteneciente a la UNESCO—, que se convirtió en lugar de recepción de figuras como Rabindranath Tagore, Albert Camus, Graham Greene, Ígor Stravinsky, Saint-John Perse, Denis de Rougemont, Pierre Drieu La Rochelle, Roger Caillois, Ernest Ansermet, Christopher Isherwood e Indira Gandhi.
Poemas rescatados
Me gusta, triste, soñar por la tarde, cuando tañe la hora,
Sea con el céfiro perfumado de la primavera
o de un invierno helado la brisa monótona
que de las campanas me trae un sonido claro y vibrante.
Me gusta imaginarme en una playa bretona
Con su arena de oro y el océano inmenso
Y la queja sin fin de las olas que resuena,
Esas olas de tono glauco y espaldas de espuma.
Amo esos días de verano donde el sol cálido brilla,
el pájaro vuela borracho de luz y gorjea,
las flores perfumadas lo embalsaman todo y el prado es tan verde!
Pero lo que llega más a mi alma sensitiva,
lo que la hace llorar y la cautiva
es escuchar, oh Rostand, cantar su alma en verso.
Victoria Ocampo

Al rencor
No vengas, te conjuro, con tus piedras;
con tu vetusto horror con tu consejo;
con tu escudo brillante con tu espejo;
con tu verdor insólito de hiedras.
En aquel árbol la torcaza es mía;
no cubras con tus gritos su canción;
me conmueve, me llega al corazón,
repudia el mármol de tu mano fría.
Te reconozco siempre. No, no vengas.
Prometí no mirar tu aviesa cara
cada vez que lloré sola en tu avara
desolación. Y si de mí te vengas,
que épica sea al menos tu venganza
y no cobarde, oscura, impenitente,
agazapada en cada sombra ausente,
fingiendo que jamás hiere tu lanza.
Entre rosas, jazmines que envenenas,
¿por qué no te ultimé yo en mi otra vida?
Haz brotar sangre al menos de mi herida,
que estoy cansada de morir apenas.
Victoria Ocampo





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