
Un pasado presente
Valeria Elías
Es narradora oral, ríe y llora cuando cuenta un cuento. Disfruta del acto de escribir. Participó de talleres, cursos y capacitaciones donde se formó en la narrativa y la poesía. Sus textos reflejan situaciones cotidianas y contemporáneas.
Algo para compartir
Sobrevivo
Intento avanzar a machetazos
me enredo en la espesura de la jungla
tropiezo con los nudos del manglar
Compite la fauna en exotismo
cada especie presume
de ocupar el árbol más alto
colgada de lianas me balanceo
Es difícil tener la palabra
con tanto ego embarullado.
Beatriz Bertea

En otra dimensión
Te lo cuento a vos porque me conocés y sabés que no soy de hablar porque sí. Resulta que el sábado salí retarde de la panadería. La gente viene siempre a última hora, y para colmo la dueña les da charla, a ella no le importa, total tiene auto, pero yo me paso cuarenta y cinco minutos en el bondi hasta que llego a mi casa. Eran las dos y media cuando terminé de acomodar, barrer el piso y dejar todo listo para abrir otra vez a las cinco. Cuando salí a la calle el calor me tiró para atrás. Te juro que el pavimento se derretía. Yo estaba muerto de cansancio, y encima me había olvidado el gorro en la panadería, tenía la cabeza hirviendo, la musculosa toda chivada. No veía la hora de llegar a mi casa, darme una ducha y tirarme un rato con el ventilador. Me paré en la esquina rogando que el bondi no se demorara, pero pasaron quince minutos, veinte, treinta y no aparecía. Tenía la boca seca, me moría por una botellita de agua helada, pero el kiosquero se había mandado a mudar. ¿Quién iba a salir a comprar a esa hora? Un perro mugriento que me miraba de reojo y yo éramos los únicos seres vivos en ese lugar. De aburrido me puse a leer los carteles que había en la cuadra, que parecían reírse de mí. Chicas en bikini tomando cerveza. Una familia entrando a la casita que tenían gracias al Procrear. Un cartel que decía “Verano en la ciudad”, anunciando los espectáculos que organiza la municipalidad para los pobres diablos como yo que no se pueden ir de vacaciones.
Tenía hambre, sueño, calor. No daba más, tenía las piernas hinchadas. Me senté en el piso. Al rato parecía que estaba arriba de un brasero. En la vereda de enfrente había un toldito que se caía en cualquier momento pero que daba algo de sombra. Espero ahí, total tengo tiempo de cruzar cuando aparezca ese puto bondi, me acuerdo que dije. Me senté otra vez en el piso, apoyé la espalda contra la pared, escuché el ruido de un aire acondicionado y pensé en el único ventilador que tenemos en la pieza donde dormimos los cuatro.
La casa de enfrente me encandilaba. Era una de esas casas viejas donde alguna vez vivió mucha gente, que seguro era rica. En un momento vi a una mujer que se asomaba al balcón. Tenía un vestido largo y escotado, como esos que usan para bailar el vals en las películas de antes. Me hacía señas para que entrara. Yo no entendía nada, lo único que quería era ir a mi casa. Ella sonreía y me saludaba. No sé qué pasó, pero te juro que algo me chupó y empecé a girar en una rueda y una luz más brillante que el sol me hizo cerrar los ojos, y la cabeza me empezó a dar vueltas y el puto ómnibus que no venía y la señora que me seguía llamando y yo no quería ir, pero de golpe sentí un aire fresco y estaba en un salón lleno de gente que me saludaba como si me conociera. Había olor a humedad y a muebles viejos. Me quedé paralizado delante de una ventana de colores que era igualita a la de la iglesia de mi barrio. Desde el balcón se veía una calle de tierra y muchos árboles en el terreno del frente. Me invitaron con jugo de naranja helado. La gente estaba contenta. Alguien tocaba el piano. Me vi en un espejo, y no era ni mi cara ni mi ropa, pero sabía que era yo, o que alguna vez había sido el del espejo. Me reconocí en otro cuerpo, en otro tiempo. Me gustó lo que vi. Estaba bien vestido y creo que hasta tenía perfume. No sabés lo lindo que era estar ahí: nada me preocupaba, solo quería divertirme. Todos se reían y yo también, pero no me acuerdo por qué. Una chica me tomó de la mano, me llevó al centro del salón. Era mi hermana, pero no era la hermana que tengo ahora. Empezamos a girar, girar y girar, y otra vez la rueda, el espiral me chupó, la luz me encandiló, la tierra me tragó, la cabeza me daba vueltas y aparecí de nuevo sentado en las baldosas calientes con la remera chivada y la cabeza hirviendo. Quedé tan shockeado que justo pasó el bondi y no lo vi hasta que estuvo lejos.
Decime vos que hacés yoga, reiki y todas esas cosas raras: ¿Habré estado en otra dimensión? ¿Viajé al pasado? ¿Será que esa fue alguna vez mi casa?
No deja de darme vueltas la idea de que fui rico y lindo en otra vida. Entonces digo: ¿Cuántas macanas me habré mandado para ser en esta reencarnación el último orejón del tarro en una panadería?
Beatriz Bertea








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