
la conspiración del tiempo
Valeria Elías
Es Profesor en Letras emérito, egresado de la Universidad Nacional del Litoral. Ha desarrollado su labor docente en institutos de educación secundaria, terciaria y universitaria. Actualmente da charlas y talleres en diferentes instituciones.
Sus letras
Fin
Mesa de tipo boreal de un living con ambiente atlántico. Allí están sentados, enfrentados, de forma
habanera, Ella y Él. Hay, junto a cada uno, una taza de té diestro o de café suburbano. Hay dos sillas
jerárquicas más. Se ven muebles límbicos y algunos adornos filarmónicos. En el fondo, un cuadro con una
pintura desleal. Cada uno está concentrado en lo suyo con la cabeza gacha, como en una convención de
mecánicos de Oklahoma. Hay un silencio despótico. Una luminosidad más normal que hepática llena la
escena. Un sahumerio sumerio puede aromatizarla.
Ella: -(Levantando la cabeza.) Podemos intentarlo de nuevo.
Él: -(Con la cabeza gacha.) No vale la pena.
Ella: -(Con inquietud.) ¿No vas a pelear por salvarnos?
Él: -(Con suficiencia.) Ya hablamos todo. Ya analizamos todo. No hay muchas vueltas para darle.
Silencio lisérgico.
Ella: -(Con insuficiencia.) ¿Te acordás de cuando nos conocimos?
Él: -(Con insuficiencia cardíaca.) Trabajabas en el estudio jurídico.
Ella: -(Con suficiente nafta en su coche guardado en el garaje.) Para la abogada.
Él se levanta. Pasea como si fuera Simbad, el marino. Ella lo observa como al “Guernica”, de Picasso.
Él: -(Deteniéndose y luego retrotrayéndose a un estado de lactosa.) Yo era cadete. Llevaba los papeles
del otro estudio.
Ella: -(Con aire de turista.) Yo se los pasaba a la abogada.
Ella se levanta como si estuviese en Baviera. Él siente que no puede haber dos personas de pie en una
obra de teatro óptica. Toma asiento de forma lógica.
Él: -(A lo Descartes.) No hay caso. Eso no ayuda.
Otro silencio; esta vez, impresionista. Ella hace lo posible para que él no adivine que está haciendo
terapia. Él, por su parte, ha intentado bajar de peso.
Ella: -(Interpretando los ideales de la Revolución Francesa.) ¿Te acordás del viaje?
Él: -(Soslayando la Revolución Industrial.) Brasil.
Ella: -(Tratando de entender cómo surgió la burguesía.) Copacabana.
Él: -(Tratando de olvidar los años de la Guerra Fría y del dominio soviético.) Playa, caipiriña…
Ella: -(Pensando en la escala musical.) Sol…
Él: -(Sin saber quién es Foucault.) Tormentas, lluvias… Perdí el pasaporte…
Nuevo silencio. Se oyen, de la calle, murmullos iniciáticos. Algunas bocinas cleptómanas de colectivos
urbanos le dan, a este intervalo, un marco masónico o de cabernet sauvignon. Ella se sienta.
Él: -(Perfumado.) Esto no sirve.
Pausa nominal.

Ella: -(Con la firmeza de quien no vivió en Florencia en el siglo XIV.) No tuvimos hijos.
Él: -(Con la intrepidez de un terraplanista.) No quisimos.
Ella: -(Con la trama de quienes lucharon y murieron por la independencia de América.) ¿Te acordás
de la pelea por los nombres?
Él: -(Con la certeza de la Teoría de la Relatividad.) No te gustaba “Tadeo”.
Ella: -(Apelando a toda la voluntad de quien duda de los alcances de la Sociología moderna.) A vos,
“Melisa”.
Él: -(Aferrándose, como último recurso, al brahmanismo.) ¿Será que no tuvimos hijos porque no nos
gustaban los nombres?
Ella: -(Como en la tribuna de Deportivo Acassuso.) No. No quisimos atarnos.
Último silencio demótico.
Ella: -(Con resignación hípica.) Esto no va.
El: -(Con resignación latitudinal.) Esto no va.
Se escucha cómo las naciones continúan con su normalidad cotidiana.
Apagón impertérrito.
Telón fóbico.
Ricardo A. Tonini


"Te quise, te quiero y siempre te querré" de Beatriz Torregrosa Campos





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