
La palabra, el silencio, la voz
Valeria Elías
Escribo desde siempre. Sólo desde hace un par de años con ánimo de compartir. Mis temas se repiten: La muerte, la enfermedad mental, el desamor, el sexo y, muy de vez en cuando, mis seres angelados. Recurro a la poesía o a la narración de acuerdo con la pulsión de cada tema. Aprendí a recuperar las zonas más oscuras y, poniéndolas a valer, pude reconocer el enorme valor de los naufragios.
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No sé por qué los días de lluvia tienen esa capacidad de perdonarlo casi todo. Nos perdonamos saltear la dieta, alargar una charla o cruzar algún charco más allá de lo que nos da la pollera festejando el salpicón sin tanto escándalo. Definitivamente los días de lluvia dan para algún exceso. Y ya sabemos, por ahora, todavía, el máximo exceso es la infidelidad. Es como robar. Te llevas la confianza para perderla o traerla derretida y, además, lo haces dispuesta a mirar a los ojos mientras negas que algo pasó.
Ayer, en ese café, mientras llovía, con la humedad atrapada entre la blusa y la vergüenza, desabroché deseos inconfesables sobre un joven que entró a la galería saltando los escalones y sacudió la cabeza empapada como un cachorro, apoyando la espalda contra el vidrio de la puerta. Estaba agitado y sonriente. Eso fue todo. Él afuera. Yo adentro. Él ahora. Yo antes. No importa la edad que tengas, si alguna vez gozaste, nunca pasará desapercibida esa cabeza girando, empapada, en cámara lenta. La promesa de una espalda flexible. La seguridad impune de lo joven.
Yo tuve besos en esa escalera. El protagonista de esta historia no había nacido y nosotros ya habíamos inventado escondites adolescentes para aquella clase de cercanías sin preámbulo, sin permiso, concedidos con intermitencias sin motivos especiales. Besos como tomar helado. Lo tenés ahí. Lames, dejas de lamer, volvés a lamer…. Nos chupábamos el pico ensalivado como quien se alimenta. Naturalmente. Y cucharadas de deseo se derramaban en tardes de lluvia cerca de la facultad.
El peligro ya pasó. Se desdibujó en ese siglo de recuerdos que hizo que el café se enfriara igual que yo. Nadie notó mi vendaval de deseos. Igual recibiré mi merecido volviendo a casa azotada por el último chaparrón. La mojadura alcanzará para camuflar el malestar al entrar y cruzarme con la mirada de siempre pero, como llueve, se habrá bendecido y disimulado todo lo amasaron mis ganas. En días así se suelen desabrochar ciertas palabras que uno jamás dejaría escapar en días secos y estables. Sí, relaciones estables se maceran en días irremediablemente secos.
Susana Lucrecia Bergandi Tomas

Poco
En el cóncavo de una mano,
me cabe tu amorcito pobre.
Mi miel más perfumada
se quedó en tus uñas frías.
Yo sé irme también.
Y darme de comer las palabras.
Y tragar,
como una moneda blanda,
tu última mirada.
Susana Lucrecia Bergandi Tomas

ADVERTENCIA
Mi cuerpo
La funda de una serpiente adiestrada
Mis fauces
Selladas por clavos de palabras
Nunca dichas
Mis ojos
Afilados
Asustándolos
No saben que el peligro
Repica sólo hacia adentro
Un huracán sin salida
Una encerrona absurda
Una implosión pavorosa
Perdí las llaves del reino
Por eso, a vos
Que te asomas sin ver las señales
Y te dormís felíz
Sobre mis marcas
Te guardo donde nadie pueda verte
Porque así
Nueva y desnuda
Comiéndome tus huesos blandos
Puedo renacer
Vencida
Por los ritmos del milagro
Susana Lucrecia Bergandi Tomas








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