
Con la fuerza femenina
Valeria Elías
Susana, se sigue formando con escritores que admira, gestiona espacios para compartir literatura –Lecturas en las callecitas, Encuentro de Escritores de la Costa, Historias de dos ciudades— y se entusiasma con cualquier proyecto que implique sumar personas a la lectura y a la escritura. Se encuentra preparando un libro de cuentos para Vera Cartonera y una novela breve, Fuerza de amarre, que publicará este año Editorial De l'aire.
Un adelanto de novela
Fuerza de amarre (adelanto)
Sara no tenía ganas de vestirse. Que la encontraran en bata. Al fin y al cabo, ya era una mujer grande y tenía derecho a estar cómoda. Escuchó en la radio las noticias del mediodía. Hacía más de medio siglo que se repetían las mismas historias. Ahora el periodista decía que el Ministro más sospechado del gobierno tenía que renunciar de una vez, porque había hecho licitaciones a medida por cifras millonarias y no podía justificar su patrimonio. Los gobiernos cambiaban y todo seguía igual.
Buscó la estación de música que pasaba canciones de cuando ella era joven, pero seguía nerviosa. Ni la constancia del mar la calmaba. Ese Ministro era el jefe de su hijo. No podía ser que él tuviera algo que ver con todo eso, pero igual le preguntaría. Esperaría a que estuvieran solos. Lo imaginó manejando en la ruta, con su nueva mujer y los tres chicos, Fito, de su matrimonio con Paula, y los mellizos que tuvo con Ariana. Ya estarían por llegar. Salió al pequeño jardín del frente. Había yuyos por todas partes. La bata apenas la protegía del viento del este, pero igual se quedó en la puerta a esperarlos. Cuando cruzó la tela sobre el pecho apoyó los puños en el esternón. Hasta hacía poco tenía algo de carne, pero ahora estaba piel y huesos. El sol caía vertical sobre las cosas, aplanaba los detalles, les quitaba sombra y volumen.

Del sudeste venían torres de nubes oscuras. Tenía unos minutos más de paz por delante. Ya llegarían las preguntas por los robos en su casa, la sugerencia de que se volviera a la ciudad, las recriminaciones. (…) La suya era la última casa del pueblo. Más allá solo había árboles, y después las rocas que limitaban la bahía. Se podía llegar por la playa, por el boulevard marítimo o bajando de la ruta por un camino sinuoso y angosto flanqueado por árboles que, después de tantos años, estaban altísimos. Miraba un rato en esa dirección, esperando el auto oscuro de su hijo, y un rato hacia el este para ver cómo se iba oscureciendo el cielo. A veces se ponía a imaginar cómo se vería su casa desde el mar: casi sin terreno, apretada entre la última calle y el bosque, blanca, de dos plantas, rodeada por una galería verde de plantas y con una escalera de piedra semi oculta por colas de zorro que llevaba a la arena. Una torrecita le daba aire a castillo aunque solo ocultara el tanque de agua. Y le gustaba pensar que a su casa también se podía llegar volando, como lo había hecho hacía muchos años una amiga suya que se tiró en paracaídas sobre la playa.
Susana Ibáñez





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