
Al ritmo de la literatura
Valeria ElíasSu literatura se ve reflejado su pasión por la música, la lectura y las buenas comidas.

Sus obras
La noche
Alejandro Valls

Guiños
No sé preparar un buen Martini ni tampoco guiñar un ojo como esos galanes de Hollywood. Cada vez que lo intento termino cerrando los dos al mismo tiempo, poniendo en evidencia mi escaso glamour, mi falta de estilo. Carezco de destellos en los dientes cuando sonrío pero puedo suponer que soy hábil en otras cosas. Una de ellas -aunque mi oxitocina esté por debajo del nivel- es el don de la resiliencia, o al menos me hace bien creerlo.
“…porque los sueños no están rotos aquí, solo cojean…”cantaba Waits desde la radio de la cocina y era exacta, oportuna como una buena cantidad de billetes en un viejo saco. Y allí andaba mi alma cojeando por haber tropezado una vez mas. Me aliviaba pensar que todo lo que acaba empieza, que la experiencia ayudaría y que todo aquello que había sido un mal sueño me llevaría a otro universo. Por suerte cuando las cosas iban pésimas venía alguien y las empeoraba, ése era el único alivio. Solo tenía que esperar la noche y hacer unas cuantas rondas.
Cuando por fin llegó también llegaron ellos y fui a su encuentro detrás del pórtico. Aullaban como lobos. Max me tomó del cuello con sus interminables brazos de orangután y me dijo que aún era intocable, que cambiara mi estúpida cara de emoticón y que traía el suficiente licor como para adormecer al Diablo.
Los convidé con unas exóticas recetas chinas que cualquier cheff envidiaría –incluyendo a Francis Malmann y sus obvias verduras hervidas en un lejano paraje patagónico- Nos contamos varias mentiras que parecían verdades y viceversa, cantamos desafinados pero conscientes y reímos hasta quedar sin garganta. Cuando todo aquello terminó muchos quedamos ebrios y otros no perdimos la elegancia. Lo de siempre. Nos despedimos bajo el farol, bordeando la calle, nos hicimos falsas promesas, pronosticamos futuros e inciertos encuentros y les guiñé un ojo mientras se alejaban. Volví a fallar en el intento y terminé cerrando los dos, como era de suponer. Pero no importó. Me bastó solo ese parpadeo, el necesario para atrapar aquel instante y eternizarlo. Pensé que talvéz ciertas cosas podrían ser las últimas asi que intenté guardarlas con especial celo, allí donde quedarían impresas como un daguerrotipo y en eso que solemos llamar lo mas profundo.
La noche aún latía en el zaguán del Sur y el jazmín fragante me regalaba su fosforescente color blanco. Desde la radio, los buenos de Benson y Jarreau cantaban la canción que nunca olvidé.
Alejandro Valls






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