
Una jugada escrita
Valeria Elías
Silvano, es un apasionado de la vida que en sus diferentes actividades busca expresar su pasión y su creatividad.
¡Qué jugada!
Fue una siesta de otoño. No sé bien el año, pero sí que estaba soleado y la remera alcanzaba para estar cómodo. Lo recuerdo tan bien como las palabras de mi madre al momento de la despedida:
— ¡Llevale una campera a los chicos, por si refresca!... por eso las tenía en mis hombros.
Jugábamos de local, y ese domingo apuramos los ravioles, no porque llegáramos tarde, sino para conseguir un “para avalanchas”. Cuando voy con ellos, busco colocarme detrás de uno, cosa de subirlos, y que, desde allí, pudiesen ver algo del partido. De paso, para no tenerlos todo el tiempo alzado.
Perfectamente ubicados los cuatro en una de las esquinas del perímetro, mis tres hijos y yo, a más de treinta minutos de comenzar el partido, el más chico, que ya había comenzado su rutina de juntar los papelitos del piso, dice:
— Pá, quiero hacer pis.
— ¡Pero recién llegamos, la puta digo!, golpeándome la frente con el puño, ¿No les dije que fueran de la abuela?
— Es que ahí no tenía ganas, respondió inocente.
Lo tomé de la mano. Antes de ordenarle a los otros dos que se quedasen custodiando el tan pretendido asiento en altura, cómplice le guiñé el ojo a una colorada que la tenía vista, por estar siempre con su bebé, en nuestro mismo sector de tribuna. Ésta, comprendiendo mi coyuntura del imposible desdoblamiento paternal, haciendo una mueca, que en idioma de padres significa “yo te los cuido”, acusó el recibo.
Salimos del baño. Lo primero que hice fue, observando hacia el codo, como mis gárgolas seguían sentaditas según lo asignado. Perfecto, me dije, mientras descubro que unas curvilíneas promotoras, junto a un muchachito de las inferiores del club, se aprestaban a repartir balones, arrojándolos desde el campo de juego, a la tribuna.

Lo que pasó a continuación, carece de lógica para explicarlo, como si de ante mano, hubiese sabido lo que iría a suceder.
Con mi mano izquierda, confirmé que los nudos de las camperas de los tres siguiesen alrededor de mi cuello, y con la derecha, tomé al peque por la espalda, y lo arrojé tan alto como pude, para que se prendiese del alambrado.
— ¡No te sueltes! — le advertí, mientras veía cómo una número cinco, surcaba el aire para incrustarse de lleno en la popular.
Un gordo en cuero, casi pelado, pero con rulos alrededor de las orejas, se elevó claramente por sobre el resto de los aficionados, extendiendo sus brazos a la gloria que parecía ungirlo. Pero por un zigzag del destino, ésta da de lleno en su frente y la indomable, comenzó a rebotar escalones abajo, elevándose cada vez más en cada salto, hasta impactar en la nuca de una chica que, ajena a la jugada, pitaba un cigarrillo, haciendo con su traspiés, se llevase puesto al muchacho que delante mío, saboreaba un choripán.
Y en ese hueco temporal, dócil y graciosa, después de un último y resignado pique, llegó dormida y sin aliento, a mis manos.
La abracé tan fuerte como pude. Enseguida la puse bajo mi remera, y haciéndome un ovillo, me arqueé para tensar mis músculos, pues sabía lo que se vendría.
No fue difícil imaginarlo. Un tsunami humano, originado allá arriba dónde la parcialidad abrigó con sus manos la esperanza de recibir la redonda bendición, comenzó a descender furiosa y desilusionada, con claro destino de foso, destrozando ilusiones, caderas y tobillos.
La furia del norte me apelmazó.
Por cómo quedó mi rostro contra el muro de contención, que fortuitamente los abrigos cubrieron, la anécdota no hubiese sido tan grata. Lo cierto fue que la contramarea me descubrió último, y en el piso. De cara al cielo. Divisando un querubín que, prendido al olímpico, gritaba feliz a sus cuatro vientos:
— ¡Mi papá agarró la pelota! ¡Mi papá agarró la pelota!
Silvano Fernández








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